Lluvia y temblores
Esta mañana, que manejo como todos los días al trabajo, me pongo un poco sensible con el gris del cielo, el ruido de la lluvia cuando uno maneja siempre trae sensaciones de paz.
Cuando recibí un mensaje de mi esposa, recordé por algún motivo que hace unos meses me contó que ella había sabido que estaríamos juntos mucho antes que yo.
Cuando todavía éramos “amigos” yo sin darme cuenta una noche fría al salir de casa me encontré con copos de nieve cayendo del cielo, inmediatamente tomé el teléfono y la llamé para saber si ella los había visto, si sabía que en algún lugar yo estaba solo bajo la nieve pensando en ella, queriendo compartir lo que sentía sin darme cuenta.
Otro día, mucho tiempo después, los dos tuvimos la seguridad de que algún día estaríamos juntos cuando un viernes a la 1.30 de la madrugada en el país vecino tembló muy fuerte, por varios segundos el piso se movió haciendo crujir las casa, al otro lado de la cordillera fue un desastre histórico. Yo intentaba llamarla sin suerte, las líneas se colapsaron y solo recibía mensajes de llamadas que no conectaban, yo sabía que el mensaje decía tenes una llamada perdida, pero entre los caracteres se escondía un “estoy preocupada, quiero hablarte” supongo que ella descifro eso mismo en mis llamadas perdidas.
Con todo esos sucesos las cosas empiezan a tomar forma, pienso en este día de lluvia y haciendo un poco de memoria me pregunto cuándo fue que se materializó.
El agua que escurre en el vidrio me sirve de ayuda memoria. Yo había viajado por la mitad del país en moto, realizando así uno de los grandes sueños de mi vida de conocer la cataratas. Fue un viaje sin igual, perfecto, increíble, pero cuando cumplí el sueño de ver la inmensidad de un río gigante siendo tratado por las entrañas de la tierra en la garganta del diablo, yo no podía pensar en lo que estaba viviendo, solo quería que ella estuviera ahí, sujetándome la mano y viendo lo que yo, sintiendo lo que yo, siendo conmigo uno solo y al mismo tiempo.
Fue entonces cuando sin remedio tuve que comprar un anillo con una piedra verde muy bonita y cruzar el país llevándola en el bolsillo izquierdo para poder tocarla cada tanto, para acordarme que en pocos días me encontraría pidiéndole que me dijera que si, que quería vivir conmigo, que quería casarse después, que quería tener más tarde dos hijos, que me dijera que sí, que quería también que los años pasarán, que me diera permiso para que un día gris de lluvia yo escriba un cuento, que ella lo leería más tarde y como si fuera una noche de nieves blancas los dos sabríamos que en algún lugar uno estaría pensado en el otro y viceversa. Todo eso supe mientras se hacía de noche y manejaba sujetando un anillo verde.
Ojalá que la nieve de la noche, los temblores de Chile, los ríos que se traga el diablo o la lluvia de los años maduros no se equivoquen, porque yo todavía tengo la necesidad de ella cuando algo importante me pasa, cuando pienso en los años viejos, cuando me despiertan las pesadillas donde no tengo a mis hijos cerca, cuando pienso que algún día habrá un final…
Ojalá lea esto y sepa que estoy pensando en ella.

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