Las Baldosas de mi Casa
Las Baldosas de mi casa.
Recuerdo que al principio no entendía cómo se comportaba el tiempo en la vida de las personas, cómo es que pasamos de tener una vida por delante a perder las personas más importantes, a la desolación, a la depresión y por último la muerte.
Papá me lo explicó todo.
Un domingo al ir a la casa de mis padres traté de entrar a mi antigua pieza, pero la puerta estaba cerrada con llave. Después de buscar en el llavetero encontré la adecuada, dos vueltas de paleta y la puerta se abrió, esperaba poder entrar a reencontrarme con muchos recuerdos, pero entonces sentí que desde el interior salía mucho viento y había una sensación de vacío terrible. Entonces antes de dar el primer paso mire hacia abajo, casi muero de miedo al ver que en lugar de las baldosas había un acantilado inmenso.
Aterrado por la imagen cerré con llave y me fuí a mi casa donde me quedé pensando mucho tiempo lo que había sucedido. No encontraba explicación para esto. Más tarde mi padre llego de visita y me preguntó por qué estaba tan asustado. Sin poder explicarlo lo llevé y le mostré lo que había encontrado. Esperaba sorpresa en su gestos, pero no, lo tomó con mucha calma.
Con una mirada melancólica y un poco preocupada me explico lo siguiente.
- ¿Sabes que pasó acá?
- No – dije un poco extrañado por su pasividad ante semejante espectáculo.
- Lo imaginé, pero no es tan difícil de entender como parece, aquí ya no hay tiempo para nosotros – dijo- Sentate que te explico – dijo y con un ademán me invito a sentarme con él en el borde del abismo.
Con mucho miedo me senté junto a él en el dintel de la puerta, con las piernas balanceándose al vacío.
Vi que miraba con cierta pesadez la oscuridad, pero un brillo de melancolía le cruzaba la frente. Y entonces empezó a contarme.
- sucede que todo el mundo esta construido sobre columnas que se apoyan en el centro de la tierra, y ahí no hay fuego ni lava ni ningunas de esas cosas que te hicieron creer. En el centro de la tierra esta el origen del tiempo.
No pude si quiera gesticular algo coherente en mi cara, solo miraba atónito el vacío mientras mi padre hablaba, lento, pero con vos clara y tranquila.
- El mundo no es como vos creías, en realidad a las personas nos dan una cierta cantidad de baldosas que están sobre columnas, para que podamos caminar y vivir, cada una esta apoyada sobre la base del mundo y dura en tiempo humano 1 año de vida.
En un principio nadie lo sabe, y andamos por el mundo, libres y tranquilos. Los padres nos encargamos durante muchos años de esconder esto de los hijos, tratamos de que no los atormente la idea de que un día cualquiera pueden caer por un agujero hasta el centro de la tierra.
- ¿Pero eso es normal? ¿siempre pasa eso con todas las personas? – trate de que no se notara en mi cara que me costaba mucho creer en todo esto.
- Si, a todos nos toca la misma cantidad, nos dan 150 baldosas a cada uno, pero son muy frágiles, y cada vez que uno comete un error alguna se va rompiendo. Al principio las que se rompen están en lugares que no las vemos, muy lejos como para sentir el ruido de como caen.
- Bueno, pero hay gente que muere muy joven como de cáncer, por ejemplo.
- Bueno, pero es fácil de explicar. En un principio la tierra era un lugar fértil y bueno, pero el hombre fue enterrando males, cada vez la tierra se contamina más, y bajo las baldosas el mundo se pudre. Como es bien sabido en donde la podredumbre hay los gusanos, estos son las enfermedades que la humanidad tiene que librar, se reproducen rápido y comienzan a expandirse creando túneles bajo la tierra. Tristemente cuando no encuentran que comer comienzan a corroer las columnas que soportan los años de vida de las personas, si alguien enferma es porque los gusanos se han comido sus años.
- Pero algunos se salvan – dije todavía incrédulo-.
- Si claro, algunas personas se agarran fuerte a la orilla de la vida y los médicos pueden ayudarlos a subir de nuevo y los hacen pararse en alguna baldosa que todavía le quede.
- Bueno, pero igual no entiendo que paso con esta pieza.
- Nada solo es el resultado del tiempo. Cuando yo era joven tampoco sabía que esto pasaba. Pero un día empecé a encontrar bajo tu ropero un hueco, muy muy profundo. Lo tapé por miedo a que cayeras por él. Pero un tiempo después vi que aparecía otro y luego otro. Un día al entrar por la noche mientras dormías me encontré uno al pie de tu cama. Tuve mucho miedo, traje maderas para taparlo, pero no importaba cuanto lo intentara todo lo que ponía sobre el se caía al fondo.
- Pero yo nunca lo vi antes.
- No porque eras demasiado pequeño para ver el paso del tiempo
- Y ¿cómo no me caí nunca?
- Eso fue lo más curioso. Estaba desolado tratando de taparlo, entonces fui al patio a buscar más maderas, cuando volví encontré tu cama vacía, y temí lo peor, creí que habías caído por el agujero. Pero mientras el miedo me consumía, sentí un ruido en el pasillo. Al darme vuelta entraste corriendo desde el baño a la pieza. Quise atraparte para que no fueras a caer, pero escapaste, pisaste el agujero y de un salto te subiste a la cama, te dormiste de inmediato.
- ¿Entonces no son de verdad?
- Si que lo son. Me acerqué muy asustado, metí la mano y pude sentir en la piel el frío del abismo. Me costó mucho entenderlo. Con el pasar del tiempo empecé a ver que cada vez aparecían más de ellos por la casa, los tapaba con muebles, alfombras y todo lo que encontraba, pero seguían apareciendo.
- ¿Qué son entonces? si nadie se cae en ellos no son un problema.
- No, bueno, nadie que no sea el dueño. Es que esos agujeros no son tuyos hijo, es un hueco en el tiempo de mi vida. Es un año que se termino para mí, entonces yo ya no puedo pasar por ahí o me puedo caer.
- ¿Cada año que pasa aparece uno?
- Así es, a veces aparecen más rápido. Por ejemplo, a los que fuman se le caen más rápido porque el humo de los cigarrillos atrae a los gusanos que se comen algunas baldosas al azar, puede que una del final o justo en la que está parado. Nunca se sabe dónde están los gusanos. Igual pasa con todos los malos hábitos que tienen las personas.
A esta altura de la conversación yo estaba maravillado y aterrado por esta nueva realidad, con más preguntas que incredulidad.
- ¿Y vos no sabes cuándo se van a caer? – pregunte
- No nunca sabes hasta que se cae, dicen que hay gente que se puede agarrar al borde a veces y consigue subir para pisar las que le quedan.
- Es un poco raro, ¿cómo sabes cuantas te quedan?
- Nadie sabe, solo vemos las que se van cayendo.
- ¿Y te das cuenta cuando alguna se cae?
- Si, bueno al principio no. Resulta que cuando uno es joven tiene tanto ruido en la vida que no se da cuenta. Pero en la medida que uno crece y aclara la cabeza, acalla las ideas, puede empezar a escuchar una noche cualquiera como a lo lejos una baldosa cae al vacío. Es más cuando te haces grande, y quedan pocas las que se caen están tan cerca que hacen un ruido muy fuerte, casi no podés olvidarte ni un solo día de que en cualquier momento se cae otra.
- Pero bueno es cuestión de andar con cuidado entonces.
- Si en parte si, pero a veces pasa algo como lo que pasó en esta pieza. Cuando vos ibas creciendo las baldosas desaparecían de a poco, y un día cuando te fuiste se cayeron las de la puerta, entonces ya no pude entrar nunca más. Era una forma que el tiempo encontró de decirme que ya estaba vacío el lugar, que ya no había nada para mí acá adentro.
Los ojos se me empezaban a humedecer con los que empezaba a entender. La vos y la cara de mi papá se habían puesto un poco más tristes también.
- Hoy ya estoy grande y faltan algunas baldosas muy importantes para mí, ya el mundo no es tan grande – dijo bando la cabeza, y continuó – cuando uno es chico puede andar por todos lados sin problema, no se va a caer. Pero cuando sos viejo los agujeros te empiezan a cerrar posibilidades. No siempre podremos hacer todo lo que queremos, por eso es importante hacer todo lo que queremos mientras el tiempo lo permita.
Entonces nos quedamos callados un rato mirando al vacío, sintiendo en la cara el viento frío que subía desde el fondo.
Después de unos minutos se levantó y me dijo, igual no te hagas problema todavía nos quedan bastantes para estar juntos.
Me fui a mi casa algo confundido pero muy triste. Me senté en la mesa solo, mientras mi hijo dormía.
Fue entonces cuando pasó. En medio del silencio de la noche, la escuché. Era como cuando se cae un plato de losa y se rompe en el suelo. Sonó muy lejos pero bien clarito. Entonces empecé a recorrer la casa buscando de donde había venido el ruido.
Después de algunos minutos lo encontré, debajo de la cama de mi hijo se abría lo que más temía, uno de esos agujeros dejaba entrar un aire frío que me llego hasta la nuca y me encrespó la piel. Justo ahí me di cuenta de que también el tiempo empezaba a marcar mi vida, un día la pieza de mi hijo tendría tantos agujeros que ya no podría entrar.
Solo encontré consuelo al acostarme al lado de mi hijito y abrazarme fuerte a el mientras pudiera. Sin darme cuenta me quedé dormido y cuando me desperté al otro día estaba un poco confundido, creí que todo podría haber sido un sueño, así que salte de la cama y me asome de nuevo para asegurarme de que ahí no había ni monstruos ni agujeros.
Parecía que el agujero me miraba el alma, tan negro y profundo como la noche anterior.
Me levante y fui a lavarme la cara, me arregle y volví a la casa de mis padre, lo encontré tomando mates solo en la mesa, así que aproveche para contarle lo que había pasado.
- Anoche encontré uno, es más lo sentí cuando se cayó – dije nervioso y hablando muy rápido
- Bueno no te preocupes – me dijo con una sonrisa, que demostraba un poco de compasión.
- Cómo no me voy a preocupar – le pregunte un poco molesto por su pasividad.
- No tenes que ponerte mal. Al principio todos nos asustamos un poco. Pero así es la vida. Tomate uno que te cuento – me dijo mientras me pasaba un mate humeante. - Vas a poder hacer tu vida igual que siempre, solo que con un poco más de cuidado.
- ¿Y vos? – pregunte, entendiendo que por preocuparme por mis baldosas no había pensado en todos los agujeros que había en la casa de mis padres.
- Si todavía tengo varias – dijo mientras meneaba la cabeza de lado a lado.
No me convenció el modo en el que lo dijo, así que empecé a mover muebles y alfombras, por todos lados aparecían. Sentí una sensación muy fea, una mezcla de miedo y desesperación.
Mi papá seguía sentado, cebando mates como si no hubiera notado el desastre que hice en la casa moviendo todo lo que encontraba.
- Vení sentate de nuevo – me dice pasándome otro mate.
- Pero es que faltan muchas, te queda poco tiempo…
- Todavía quedan muchas, uno se asusta cuando ve que se empiezan faltar varias.
Me costó, pero empecé a aceptar con los días lo que había descubierto.
A veces cuando todo estaba en silencio las escuchaba caer, otros muchos días parecían no existir hasta que en medio de la noche un ruido te hacia poner los pelos de punta.
Como vivo en la casa de al lado de mi papá suelo pasar todas las tardes para saludarlo, cuando uno ve las cosas seguido es difícil notar los cambios.
Fue un poco de eso lo que me pasó, cuando aprendí a ver el paso del tiempo, lo normalicé casi sin querer. Entonces los agujeros pasaron a ser parte de mi vida como algo natural
Fue entonces cuando una mañana cualquiera de invierno entre en su casa y, lo encontré un poco triste, puse la pava en el fuego para empezar los mates, y le pregunté qué le pasaba. Me dijo – no nada, no pasa nada.
Los agujeros habían empezado a junarse en ciertos lugares. Por ejemplo, en la estantería más alta donde mi papá siempre había escondido la plata, en los escalones que bajaban al patio de adelante también estaban, así que me dio curiosidad y los empecé a seguir.
Estaban por todos lados, debajo de todos lugares altos, en el taller donde había cosas pesadas y lo peor alrededor de todo el auto.
No lo había notado, pero desde la conversación que tuve con mi papá pasaron muchos años, y cayeron muchas baldosas, muchas cosas se habían quedado del otro lado de un agujero. Así que lo empecé a ayudar, bajando cosas, moviendo otras, lo llevaba a todos lados en mi auto, todo el tiempo que pude, pero un día sus huecos y los míos se empezaron a cruzar.
Un día fui a trepar al Nogal para bajar unas nueces, pero cuando quise subir noté que uno de mis agujeros estaba justo donde yo ponía el pie para tomar impulso y comenzar a subir. Me quede perplejo mirando la oscuridad, levante la vista y mire las nueces, me mire las manos y note que algunas arrugas las cruzaban. Mire hacia atrás, mi papa en su silla de ruedas se ha quedado dormido, lo tape con una manta y lo deje debajo del quincho para que tome sol.
Fui a casa por un vaso de agua para calmarme. Sentí ruidos al final del pasillo, era mi hijo… estaba en su pieza. Cuando quise entrar algo me detuvo. Otra vez un viento frío me entraba por la botamanga del pantalón. Allí estaban, flamantes agujeros nuevos de color negro y una profundidad infinita, yo de un lado y mi hijo del otro.
Me quede anonadado y lo mire sin entender que pasaba, me miró y mientras se rascaba la nuca con la mano izquierda la derecha sostenía un bolso.
- No me la hagas difícil, me cuesta mucho irme – me dijo un poco triste con los ojos rojos- me salió un laburo, ya lo habíamos hablado.
- Si, sí. Me acuerdo, pero no pensé que fueras a agarrar.
- Si yo tampoco, pero me hicieron una oferta y no pude decir que no. ¿me llevas a la terminal?
- Si, claro vamos. Déjame que lo meta al abuelo que lo deje tomando un poquito de sol.
En realidad, más necesitaba salir de esa imagen que otra cosa, camine sin mirar hacia abajo, sin que me importara donde pisaba. En el patio mi papá se había despertado.
- ¿qué paso que tenes esa cara? -me dice extrañado
- Nada, el nene agarró el laburo en el sur y se está yendo ahora – creí que no se había notado la pequeña lagrima que se escapaba en contra de todos mis esfuerzos por contenerla.
- Así tiene que ser, que corra libre mientras no tenga que estar mirando siempre para abajo.
Me senté, apretando los ojos, pero por mi cara se dibujo una autopista de lágrimas que humedecían la barba. Mi viejo me puso la mano sobre el hombro y ese calor todavía me sirve de cobijo, así que respiré profundo.
- Vamos viejo que te acuesto así lo llevo o se le va a pasar el colectivo – le dije
Cuando subimos al auto con mi hijo sentí que no podía manejar, y le dije – ¿manejarías vos?, me siento un poco cansando.
- Si viejo, dame que yo manejo.
Mientras el manejaba me di cuenta de que ya era un hombre. Pensé en que ya era hora, que quizás debía ser yo quien contara el secreto… pero no quise cargar de pesadumbre este momento. Así que solo me quede ahí viéndolo hacerse un hombre con cada kilómetro.
Al llegar a la terminal, no dijimos nada, es como si los dos supiéramos que había que despedirse, pero no nos animáramos a hacerlo.
Cuando sacó del bolsillo el boleto, juro que en ese momento se me congeló el alma, pero qué podía hacer… en el momento que el chofer cortó el boleto estoy seguro de que de la misma manera se me partió el corazón.
- Bueno viejo me tengo que ir, te voy a llamar cada vez que pueda.
Yo asentí con la cabeza, no era posible hablar con el nudo que tenía en la garganta.
Nos abrazamos por unos segundos, jamás podré olvidar la sensación.
Me quedé esperando que apareciera por una ventanilla, pero no lo vi, me di la vuelta al colectivo para ver si le toco del otro lado, pero tampoco estaba. El colectivo hizo reversa, y cuando encaraba la salida esperaba verlo por última vez, pero no.
Me sonó el teléfono, lo saque del bolsillo sin dejar de ver como se alejaba el colectivo.
- Viejo me toco pasillo, no te pude saludar.
Yo seguía en silencio mirando el colectivo.
- Viejo estas bien.
- Si- tragué saliva- sí, anda tranquilo que va a estar todo lindo.
- Dale viejo, te quiero, te llamo después porque quiero guardar batería - Y cortó.
Yo seguía ahí. En la vereda de la terminal, con las manos en los bolsillos de la campera, los lentes empañados, mirando la ruta, aunque el colectivo se dejó de ver hace rato.
Los días pasaron casi sin detalles que merezcan contar, lo mismo de siempre una y otra vez, solo interrumpía la rutina el ruido de alguna baldosa que se cae de vez en cuando. A veces cuando de tarde tomamos mates con mi viejito nos ponemos a charlar sobre si la última que se sintió era mía o suya.
A él le quedan pocas, ya no puede hacer casi nada, hay tantos agujeros en su casa como arrugas en su cara, una chica me ayuda con el cuando yo tengo que ir a trabajar.
Con el tiempo, el trabajo también quedó atrás.
Desde entonces los días son un poco más silenciosos, mucho más largos y las baldosas hacen cada vez más ruido. Ya no puedo ir a ciertos lugares, la oscuridad esta por todos lados.
Pero por suerte el camino a la casa de mi papá está intacto.
Ahora sin trabajo, sin esposa, sin hijo… en la casa no hay mucho para hacer, y como mi papá hace un tiempo no se levanta de la cama por recomendación médica, voy y me acuesto con él en la cama a ver algo de tele. Charlar ya no se puede, a veces no recuerda las cosas, a veces no me recuerda a mí.
La señora que lo cuida sigue viniendo para ayudarme a levantarlo al baño, a darle de comer, me ayuda a caminar por donde hay muchos agujeros para mí.
Era abril si mal no recuerdo, porque ya empezaba a hacer frío. La señora me llamó por teléfono para decirme que se tiene que ir. Me acomodé a ver tele un rato mientras mi papá dormía la siesta.
Ahora el piso es más negro que de otro color, entonces entre sus agujeros y los míos quedan pocas baldosas, pero justo abajo del televisor quedaba una y la vi justo cuando se desprendía. Hizo tanto ruido que mi papá se despertó y me llamó con la voz muy bajita.
- Nene vení
Me acerqué al agujero y traté de meter la mano para ver si era mío o de él, pero no pude meter la mano. Entonces mire al redor y ya no quedaba nada mas que oscuridad en el piso.
Recuerdo que camine por la casa con miedo pisando con cuidado, en la piza del fondo se sentían caer las baldosas una tras otra, me apure todo lo que pude, cuando llegue la cama estaba flotando en la oscuridad y debajo solo quedaba una baldosa.
Me mira con los ojos llenos de amor y de paz, me estira la mano que le tiembla levemente.
- ¿qué paso viejito? – le digo conteniendo el alma que intenta salir por los lagrimales.
- ¿Queda alguna? - Me preguntó
- Si, si papá queda una – le dije con la voz quebrada y la cara mojada en lágrimas.
- Vení, vení acóstate en mi pecho como cuando eras un niño.
Su corazón se escuchaba muy lejos. Me acarició el pelo unos instantes.
Después unos minutos, pasó…
Pero esta vez fue especial, su manos se había detenido hacia un segundo. Su corazón se dejo de escuchar y el pecho se le desinfló esbozando un suspiro muy suave.
Entonces sentí que la última baldosa se desprendió, la sentí caer por un rato. No quería levantarme de su pecho, quería estirar el tiempo. El calor del abrazo se disipó lentamente.
La imagen era triste, dos viejos flotando en la oscuridad, en el frío…
Caminé hasta el sillón y me dejé caer pesadamente.
Llamé la ambulancia y me quedé ahí esperando, con los ojos cerrados por el dolor.
De un momento a otro se escucho un ruido muy fuerte que me sobre saltó, parece que me quedé dormido. Como me asuste mucho mi primer impulso fue ir a ver que se había caído.
Para mi sorpresa, estaba en mi casa, no en la de mi papá, me dí cuenta de donde estaba a mitad de distancia entre la cocina y el living. El piso todavía es de color grisáceo, me miré las manos y no tienen arrugas. En el piso hay un vaso de vidrio que el gato ha tirado al piso.
Fui corriendo a la pieza de mi hijo, maravillado con el piso es de color gris, no es negro, no hay frío, no hay viento.
Me pare en la puerta y vi tendido en la cama un niño pequeñito, envuelto en frazadas.
Dios mío no puedo creerlo, todo fue un sueño, no hay nada en el piso.
Soy tan feliz que no puedo explicarlo, caminé con un llanto de emoción incontenible hasta el sillón. Me senté y puse sobre las rodillas los codos para agarrarme la cabeza mientras lloro, todavía me dura la angustia del terrible sueño donde mi papá moría, mi hijo se iba y mis años se terminaban.
Con los ojos cerrados empecé a agradecerle a Dios por todo lo que tengo, por ser joven, por tener a las personas que amo, etc. etc. etc…
Pero… Se escucho muy fuerte, muy cerca. La respiración se me detuvo al igual que el corazón, no me animé por unos segundos a abrir los ojos, ni a moverme.
Cuando levanté la cabeza, a un metro la profundidad me miraba el alma.


A mis 23 años, el cancer me sento en una de esad baldosas al limite, pero la familia, la ciencia y la voluntad guiada por la poca fé que me quedaba, lograron que cada segundero siguiera su ritmo y que hoy valore y disfrute cada baldosa que me toca transitar.
ResponderBorrarHermoso relato, muy emotico. Felicitaciones !
La variedad de sentimientos y emociones por las que me hiciste atravesar con esta analogía, fue increíble... excelente... muy sentimental y real... para reflexionar... Muchas Gracias!
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