ÁRBOLES la historia del Hombre

 Cuando las cosas han pasado hace mucho tiempo, la realidad primero se confunde con exageraciones, luego, a medida que las pruebas desaparecen se convierte en mentiras, tiempo después puede ser un buen cuento de fantasías y si es lo suficientemente bueno en un mito o leyenda quizás.



Hace miles de años cuando los humanos, que todavía tenían colas y más instinto que inteligencia, éramos los cómicos y alegres encargados de las “monerías”.

Por aquellos tiempos, el mundo no estaba dividido todavía, solo teníamos una gran isla en medio de un mundo de agua lleno de bestias marinas. 

Los gigantes de madera eran seres sumamente longevos, grandes y benévolos. Existían distintas razas y se diferenciaban según en qué parte de la isla se encontraban. Los que estaban hacia el sur tenían el tronco torcido por una corriente de aire que los azotaba todos los días. Los del norte eran más altos y resistentes, etc.

Así como los perros tienen pulgas, los árboles tenían primates, pero la diferencia es que no se los veía como paracitos que molestaran, por el contrario, a los árboles les encantaba tenernos.

Una vez al año, en una especie de juegos olímpicos, los árboles más viejos se juntaban para exhibir frente a los retoños más tiernos, sus familias de primates, mostrando las monerías nuevas que podían hacer. 

En un principio solo podían saltar cada vez más lejos de una rama a la otra.

Cuando los del sur habían ganado casi todas las competencias, aparecieron unos arbolitos nuevos que traían a unos monitos a los que habían enseñado a caminar como ellos, erguidos en sus dos patitas generaron tal ternura que se llevaron el primer premio 3 años seguidos.

No paso mucho tiempo hasta que otros árboles más viejos les enseñaron algunos trucos más complicados, como por ejemplo tirarse al mar y sacar un pez. Ese año fue asombros, ningún árbol había visto nunca un pez fuera del agua.

Y así, año tras año los árboles comenzaron a adiestrarnos. Cada vez nos hacían más inteligentes.

Un día sin querer, como si fuéramos un lorito pasó. Dos árboles llevaban años parados en el mismo lugar, muy cerquita uno del otro, y hablaban tanto pero tanto que un monito repitió algunas palabras. Los viejos árboles abrieron sus ramas para encontrar de quién venía eso, y ahí estaba el primero que había dicho algo. Claro que el mono no entendía nada, pero obvio que uno de ellos le enseño a decir “banana” cada vez que quería comer. Fueron los campeones 10 años seguidos y pronto la competencia mejoró la técnica y ya casi todos los monos hablaban en algún idioma.

Pasado el tiempo, se formaron rivales como en todo juego, y lo que alguna vez fue el paraíso ahora se dividía en grandes equipos y sus fanáticos. 

Todos los años los monos eran más inteligentes y hacían mejores destrezas, algunos se tapaban sus partes con hojas de parras para parecerse a sus dueños y usaban mil artilugios para asombrar a los jueces.

Pero lo malo nunca tarda en llegar, siempre hay alguien que pasa los límites que no se deben pasar.

Una vez uno de los participantes estaba con las ramas estiradas mientras sus monos saltaban entre las lianas cantando una hermosa canción, enfrente su contrincante se quedó parado junto a sus monos sin mover una sola hoja e indicó que su acto sería al ponerse el sol. 

Cuando las estrellas aparecieron, en medio de una noche gris, se podía ver como el joven árbol metía sus ramas entre el follaje y con cara de dolor, se arrancaba algo de madera seca. La puso en el suelo y luego se arrodillo para dejar que sus huéspedes se bajaran sin hacer piruetas. 

Todos estaban expectantes y un poco incrédulos de que algo importante fueran a pasar. 

El oponente sentado desde hace horas acariciaba a uno de sus monitos y ponía cara de ganador, estaba seguro de que nada podía salir mal, su rutina fue hermosa y ahora ni siquiera se podía ver bien. 

En medio de la noche se sintió un chasquido, luego otro y otro, de un momento para el otro apareció una leve y cálida luz, los murmuros se hacían escuchar mientras la leve luz se convertía en una gran hoguera de leña seca.

Los más conservadores se aterrorizaron ante tal escenario, eran los monos de un árbol que bailaban ante la quema de una parte seca de su amo. Les pareció tan aborrecible que, en un idioma ahora desconocido para nosotros, llamaron a esos monos “humanos” que se traducía como inmundos. Pero a los más jóvenes y extrovertidos les pareció fantástico los bailes y malabares en medio de la noche.

Desde entonces los “inmundos” monos comenzaron a competir de noche, maravillando a los que todavía concurrían a las competencias. Los más sabios no veían bien que se les enseñara a pasar ciertos límites, después de todo el fuego no era amigo de ellos, por el contrario, les parecía un arma terrible.

Fue entonces cuando todo empezó a salirse de control. 

Los más jóvenes deseosos de nuevos títulos, pasaron muchos años entrenando a sus monos, cada vez más inteligentes, cada vez más ágiles, cada vez más independientes.

Nadie sabe bien cuándo fue la primera vez que uno de ellos caminó por ahí sin tener una rama que le diera sombra, pero cuando se quisieron acordar ya estaban por todos lados, sin siquiera querer que un árbol los acompañara o los cuidara.

Los juegos entraban en la decadencia cuando una multitud de “inmundos” irrumpió en la noche, exigieron ser libre. No quisieron escuchar explicaciones. No hubo tiempo de explicarles, cuando un árbol trataba de hablar sintió como el calor le llegaba desde las raíces.

Lo prendieron fuego, los prendieron fuego a todos, fue una noche terrible. Desde lejos los demás vieron morir a sus amigos en un espectáculos de madera quemada, un espectáculo de sombras en un fondo rojo de lenguas amarillas y naranjas.

Al día siguiente, no quedaba ni un solo árbol cerca, todos habían sido incinerados obescapado.

Los inmundos se dieron cuenta que no había nada que comer y trataron de alcanzar algunas arboledas que se veían a lo lejos, pero todos murieron de inanición por el camino.

En los bosques corrieron la voz tan rápido como se pudo, los monos eran una amenaza. 

Tan buenos eran aquellos seres, que no pudieron deshacerse de nosotros, pero decidieron que ya no nos ayudarían. Que en castigo deberíamos valernos por nosotros mismos.

Entonces descendimos de los árboles, y estos nos dieron la espalda, nos ignoraron a pesar de que nos amaban. 

Tenían tanto miedo que nunca volvieron a hablar delante de nosotros, ni a moverse si quiera. Con el tiempo olvidamos que podían hacerlo. 

Por ahí, hay quien dice que todavía hay en ellos un alma, cuentan que con música crecen mejor, dan más sombra y mejores frutos. Yo la verdad desconozco si eso es así, pero puedo asegurar algo, tenían razón, éramos “inmundos y peligrosos”

En redes sociales: FABIAN LUQUEZ 

Comentarios

  1. Interesante teoría, que nos explica el porque, ya no hablamos con arboles. jaja. Es sin duda, un gran relato.

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  2. Al principio divertido, luego triste y siempre interesante. O sea, excelente.

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