El último día de Adolescencia

 



Muchas veces hicimos algo por última vez sin saber precisamente, que era la última vez.

Este es el caso de mi último día de adolescencia.

Fue hace aproximadamente 20 años. Un año donde la adolescencia de millones de personas brillaba en la cúspide más alta de una montaña rusa, que por más subidas y bajadas, no volverá a tener un punto más alto que ese.

Un sábado cualquiera, cuatro amigos, nos montamos en un viejo Peugeot 504. Dos eran más gordos y dos hermanos más flacos.

Equipados con los primeros fernets, algunas cajas de vino, cervezas y dos kilos de asados, provisiones suficientes para dos días. 

¿Qué podría salir mal?

Por aquellos años, lo que hoy sería una preocupación, una irresponsabilidad o una pendejada, era simplemente algo increíble.

Fuimos invencibles, a mitad de enero, sin saberlo, por última vez. 

Partimos en la tarde, después de que saliéramos de nuestros primeros trabajos, los cuales todavía estaban llenos de sueños y oportunidades. 

En la siesta mendocina, hay pocos autos, pero siempre hay alguien.

Nos pasó a mitad de camino, nuestra propia antítesis. Un Peugeot 504, pero de varios modelos más, con todos los tapizados en su lugar, sin tirar humo, con frenos, con música y sin alambres sujetando las puertas. Todo lo que nosotros no éramos, ni teníamos. 

Pero ellos, tan peinados, tan fitnes, tan cool, tan adultos, no tenían lo que nosotros. Nuestro último día de adolescencia. 

Fue entonces que a los dos que venían atrás, les irritó su madurez y sensatez. Al piloto y a mí, nos irritó que nos pasarán con un tono de desprecio. Con un andar tan altanero, sin humo ni ruidos extraños.

Entonces las hormonas de la juventud reaccionaron al mismo tiempo. 

Mientras el conductor pisaba a fondo el acelerador, las ruedas empezaron a menearse, totalmente libres de alineación y balanceo. Eso a mí me daba más adrenalina, y empecé a gritar “dale gordo, daleeeeeeee".

Como no teníamos estéreo, mis gritos se sumaron a los del conductor “aaaaaaaaaaaaa". Los que estaban atrás sintieron una obligación patriota, casi espartana, y se sumaron a la batalla.

Mientras el auto aumentaba su velocidad, tanto como la emisión de gases, al pasar al otro auto. Los de adelante le gritamos “aaaaaaaaaaaaa" por mi ventana. Los de atrás se bajaron los pantalones y en un acto de malabarismo épico sacaron sus culos por la ventana trasera, los dos al mismo tiempo.

Fue glorioso ver las caras de nuestros oponentes. Nos sentimos torcer el destino de la humanidad con ese cara pálida doble.

Alcanzamos la eternidad en 3 minutos.

Pero no pensamos en la reacción de ellos.

Creo que esa falta de cálculo de la adolescencia, es lo que hace a esos años tan mágicos. 

Pero el otro auto, con ocupantes fornidos de varios años de más. No lo vivieron igual de mágico. 

Comenzó entonces por los caminos curvados, en subidas y bajadas, una persecución que no teníamos planeada cuando decidimos comprar más cerveza,  en lugar de inflar las ruedas por completo.

Aceleramos todo lo que podíamos, pero el humo de combustible mal quemado mezclado con aceite del motor, no los despistaba.

A los pocos kilómetro, nos alcanzaron, pero lo intrincado del camino nos permitió seguir a la cabeza sin peligro. O al menos hasta ahora.

Cuando ya llegábamos, una recta se habría frente a nosotros. Ellos podrían alcanzarnos, pero Dios nos regaló una enorme pendiente. 

Nos quedamos todos en silencio agarrados de las butacas, obvio porque el auto no tenía cinturones.

Cuando escuchamos un insulto a la izquierda, nos habían cazado.

Nos miramos sin hablar, supimos sin decir ni una palabra, que ellos tenían velocidad. Pero a nosotros no solo nos faltaban frenos, también nos faltaba miedo y cordura.

“aceleraaaaaa gordooooooo" gritamos tres, y uno apoyo el pedal en la chapa.

La pendiente, ayudó y la aguja empezó a rozar temblorosa los 120km/h. 

Pero ellos además de frenos tenían cordura. Y cuando vieron la curva frenaron.

Nosotros también lo hubiéramos hecho. Pero los cuatro mirábamos como sus ruedas chillaban en el asfalto y dejaban una huella negra.

No se quien fue, pero alguien grito “cuidado”.

Yo solo recuerdo ver a la orilla del camino, una garita de colectivo y que la gente gritara “se mataron, se mataron”.

Al frente había una curva, a escasos 100 metros. 

Todos pisamos un freno, tres uno imaginario, y uno solo de verdad. Se no heló la sangre. La gente que venía en bicicleta por la mano opuesta se paró, más por morbo que por preocupación.

Apenas bajamos la velocidad, y cuando tomamos la curva, el auto se acercó por miedo a la parte interna de la curva. Quizás previendo que más tarde perderíamos el radio y nos caeríamos por el lado opuesto de la calle.

Pero antes de que eso pasara, mordimos la banquina, y volamos por el aire, al menos unos 15 cm que parecían un precipicio. Derrapamos el resto de la curva, coleando de lado a lado. Y en el último centímetro de asfalto, retomamos el rumbo victoriosamente.

Nosotros, los ciclistas, los de la garita y creo que hasta nuestros oponentes, gritamos “seeeeeeeeeeee" y todos aplaudimos al piloto.

No habría mejor manera de empezar nuestro último día en la adolescencia.

Apenas llegamos, nos quedamos mirando el paisaje. Calculo que algo también nos miraba desde otro lado, se apiadó de nosotros y nos regaló dos días increíbles.

Esa tarde intentamos tener charlas maduras, que siempre terminaban cuando pasaba una chica en pantaloncitos o si alguien soltaba una flatulencia.

Cansados de no poder hablar de nada serio, emprendimos una caminata.

Al pasar por los baños, el más chico sintió la urgencia de ir al baño.

En un cubículo entró el, en el otro yo. Después de un segundo, salí, y entró otro. Dos segundos más y entró esta vez el tercero. Pero el más chico seguía adentro.

Nos pareció mucho esperar. Así que empezamos a hacer lo que años después se llamaría bulling. 

Hasta ahí todo bien, pero alguien encontró unas cáscaras de sandía, y empezó a tirarlas por arriba del baño.

Estoy seguro que alguna divinidad manipuló todo lo que pasó ese día. No supimos ver las pistas, creímos que seríamos eternos. Pero todo empezaba a terminar.

La cáscara volaba por arriba de la puerta, y fue entonces cuando las coincidencias pasaron. 

El más chiquito estaba haciendo número dos, y justo se levanta del inodoro cuando la sandía bajaba. Pasó sobre su cabeza, golpeó en la pared, rebotó y cayó adentro de la loza blanca, justo entre la caca y el agua. Tapó por completo la salida del agua, el gordito no llegó a interrumpir la bajada del agua que acababa de liberar tirando de la cadena. 

Cuando el agua llegó abajo, encontró la salida tapada con cáscara de sandía y empezó a saltar para todos lados.

Nosotros vimos por debajo de la puerta como saltaban sus piecitos, escuchamos los insultos, pero no supimos por qué. 

Dos, los inocentes, corrimos muertos de risa. Pensamos que le habría pegado en la cabeza o algo así. 

Cuando pasaron algunos minutos, vimos que salieron. Uno muy enojado, con la ropa mojada y el otro como niño retado.

Se acercaron y no dijeron nada, pero al rato, sentí mucho olor y sin pensar lo dije.

- Fuaaaaa que olor a mierda.

El chiquito se levantó, re caliente. 

- Ustedes son una mierda loco – dijo con un ademán de enojo. 

- Para ¿qué te pasa? – le dije 

- Y que son una mierda loco, estaba cagando y cuando me levanté fui a tirar la cadena, justo cayó una cáscara de sandía y tapó el baño. Toda el agua empezó a saltarme encima, y yo había tenido diarrea. Me quedó toda la mierda en la ropa.

Quisimos no reírnos, pero el intento duró dos segundos y nos morimos de risa.

- Que bosta que son, no se rían - dijo uno

- ¿Qué decís? Si le tiraste vos la sandía – dijo otro.

- Y la bosta caminando es este - dije yo.

Nos moríamos de risa, no podía respirar, me dolía la cara y el estómago. El otro me escupía cada vez que largaba una risotada, los otros dos se cagaban a piñas

Todo era perfecto.

Llegada la noche, prendimos el fuego. Llevábamos tres cervezas antes de lograr que el fuego encendiera del todo. Será por eso que uno de nosotros se acercó a la churrasquera de al lado y dijo -yo le sacó un palo prendido, total ya está listo el suyo-. Dos hicieron de distracción frente a las víctimas, yo me quedé de campana y el más valiente se acercó al fuego.

- Para ¿qué vas a hacer? -dije preocupado por el método. 

- Y nada, lo voy a sacar – dijo con cara de obviedad.

- Si, ya sé. Pero ¿Cómo? No seas boludo te vas a quemar.

- No papá, si lo haces muy rápido no quema.

Había tal dejo de superioridad en su rostro, que yo no dude en mirarlo con cara de aprendiz.

Quizás hoy, mucho menos adolescente, le diría -boludo, te vas a quemar. Te vas a pasar tres días sin ir a trabajar. No, no lo hagas – Pero eso diría ahora, no por aquel entonces.

Lo intentó. Solo lamento que no había cámaras de fotos en esos años, si no, sería viral la manera en que agarró el palo en llamas. En la primer decima de segundo, su cara demostró un error terrible en la teoría y sus dedos chirrearon, como un bife en la sarten. 

El palo cayó de la mano al piso. Al estrellarse, las brazas volaron a mis pies, a los suyos y a los de los otros dos que charlaban más allá para interrumpir la vista de las víctimas.

Saltamos y gritamos, atiné a patear el palo para que no se viera. Me quedó para siempre en las zapatillas las brasas incrustadas.

El dueño del fuego, con más pena por nuestra estupidez que bronca, nos miró con cara de comprensión y nos invitó a tomar lo que necesitáramos de su parrilla.

Podríamos haber empezado por ahí, pero no eso no tendría gracia.

Claro que la carne estuvo cruda y dura, todavía recuerdo el dolor en los dientes de tanto masticar. Sin embargo, fue el mejor asado de mi vida.

Cuando ya era de noche, armamos una carpa iglu para 4 personas, que por supuesto no servía nada más que para tres.

Antes de dormir, avivamos el fuego y nos quedamos ahí recordando algunas anécdotas. Repasamos desde las más lejanas hasta las de esa tarde.

Ahí fue donde todo empezó a terminar.

Ahora que miro hacia atrás, el primero en salir de mi vida fue el más chico. Se enojó cuando llegamos a la anécdota de la diarrea y la cáscara de sandía. Entonces fue el primero en irse a dormir.

Los demás nos quedamos algunas horas más. Casualmente la amistad también duró unos diez años más. De pronto uno de ellos, dijo que ya estaba cansado y también se fue a dormir. Este es el segundo en salir de mi vida.

Cuando mi último amigo y yo, decidimos ir a dormir, vimos que el enojado se encontraba en medio de la carpa. Con los brazos y piernas extendidas, parecía una estrella.

Para no molestarlo, cada uno se acostó en posición fetal, en tres de los vértices.

Creo que esa fue la última pista, cuatro amigos, cada uno por su lado.

Al día siguiente cuando volvimos, cada quien venía en silencio. Mirando por su ventana. Guardando un silencio respetuoso. Tanto nuestros mejores años como nuestra amistad, tenía desde ese momento una fecha de caducidad.

Ahora todos estamos en la misma ciudad, pero… ¿vivir?, ahora solo vivimos los cuatro en mi memoria. Donde todavía somos jóvenes, intransigentes, despreocupados, llenos de sueños y todavía somos felices solo por estar juntos.

En las juntadas y salidas, nunca aporté algo memorable a las anécdotas. Pero ahora 20 años después, cansado de rutinas y trabajos sin sueños, entiendo que escribir para no perder la memoria, sería mi aporte. 

El mundo fue, es y será genial. Sólo que no lo supimos a tiempo.

En redes sociales: FABIAN LUQUEZ 

Comentarios

  1. Qué buena manera de empezar el día!!! Me recontra cagué de risa!!! Tuve q hacer variasvpausas obligadas. Me encantó! Muchas Gracias!!!

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  2. Una historia increíble, que día tan genial

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  3. Recordando algunos momentos de la juventud....Muy Bueno.
    Felicitaciones!

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