Errores imperdonables (cap 6)




  Mientras me descolgaba de la terraza, llena de adrenalina, pude escuchar la voz de Román a lo lejos – Camila. Camila ¿dónde estás? – repetía una y otra vez. Parecía muy nervioso.

Mucho no me importó, yo tenía una sensación muy rara. Me daba risa, me daba pena, me dolía un poco el estómago y todo eso pasa al mismo tiempo.

Creo que me dio un ataque de nervios.

Entre por la ventana a nuestra casa, y escuchaba a Pablo llamar a Romina.

Como estaba desnuda me escondí en la pieza con la luz apagada, trate de escuchar por la ventana qué pasaba en la cabaña de al lado.

Pero antes de que pudiera sentir algo, se prendió la luz. Román me encontró desnuda y bañada en sangre, el cuerpo cubierto de negruzcos  coágulos por todas partes.

Me dio nervios y empecé a reírme, le quise contar lo que había hecho, pero no me dio tiempo.

De un salto cruzó por encima de la cama, me tomó del cuello y levantándome del piso me ahorcó contra la pared.

- Escúchame bien lo que te voy a preguntar ¿qué hace ese auto afuera Camila – yo no podía respirar, además me dio miedo y menos que menos podía hablar

Soltándome el cuello me dejó caer en el suelo.

- Contéstame ¿Qué hiciste hija de puta? – yo no podía hablar tenía pánico 

Me miró el cuerpo embadurnado en sangre

- Pero ¿qué hiciste? – en su cara noté que empezaba a entender – es la gente que quería alquilar ¿verdad? – y comenzó a gritar - ¿verdad? Contéstame

Yo asentí con la cabeza

- ¿pero vos estas loca? ¿qué hiciste hija de puta? – creo que con esa última frase perdió la cordura.

El pecho se le empezó a agitar.

Gateando de rodillas fui hasta la esquina del cuarto, me un bollito en el suelo. Creo que es una costumbre que me dejó Leandro. Pero Román tenía más fuerza, me agarró de los pelos, me levantó y me tiró a los pies de la cama.

No tuve tiempo de cubrirme, empezó a golpearme el rostro con su puño cerrado, y repetía una y otra vez – estas loca, vos estas loca, hija de puta.

Todo duró menos de 2 minutos, pero créanme, cuando sentís que te van a matar, el tiempo se dilata eternamente.

Para mi suerte, en la puerta de la habitación, apareció el gigante pestilente. Mi amado Manco, apareció para salvarme de Román.

Le sujeto la mano Román justo en medio de la golpiza.

Pero este no se sintió amedrentado, se pusieron frente a frente con las miradas encendidas. 

Antes de que algo pasara, se sintió un grito desgarrador en la cabaña contigua, seguramente Pablo, por fin encontró a Romina.

Por una reacción en conjunto, miramos en dirección a la venta, por la cual se escuchó el grito.

No sé por qué, pero yo me tenté de nuevo y comencé a reírme de nuevo, al mismo tiempo que me retorcía de dolor, los dos volvieron a mirarme. 

- Esta hija de puta – dijo Román, pateándome las piernas – citó a una parejita y alguna cagada se mandó.

- ¿qué hiciste pendeja? ¿Quién queda allá? – dijo la voz gruesa y ronca.

- El pendejo queda – y les señalé la ventana.

Román se agachó y me levantó del pelo de nuevo – vos no podes hacer esas cosas, es gente inocente, y como si fuera poco sos tan pelotuda que dejaste a este boludo para que te denuncie. –

El manco ya estaba pasando la puerta de la pieza – yo lo traigo al pibe, quédense acá – y apagó la luz a la pasada.

Nos asomamos por la ventana y lo vimos golpear la puerta, una, dos, tres veces. Pero nadie atendía. Atrás cada tanto se escuchaba llorar y gritar a Pablo. 

A los pocos segundos, todo se quedo en silencio. De pronto un ruido fuerte en el patio.

Había saltado por el balcón y empezó a correr por el campo. El viejo intentó seguirlo, pero era muy lento.

Román voló por la venta y comenzó a seguirlo. El Manco, se dio la vuelta, se subió en su auto y se fue calle arriba.

Pasaron pocos minutos, y Román volvió muy agitado y solo.

- No lo pude agarrar, se descolgó por el arroyo y no lo vi más.

Me obligó a limpiar la cabaña estando desnuda. No me dejó ni cambiarme.

Cuando ya había metido el cuerpo de la chica  adentro de la pieza, lo envolví en las sabanas junto con la cabeza. 

Ahora que no hay excitación voy a decir la verdad, en este momento me da mucho asco y me revuelve el estómago, me dan muchas ganas de devolver.

Ya entrada la madrugada, me metí a la ducha.

Escuché en el patio el inconfundible ruido del auto destartalado. 

Me asomé por la claraboya. Román tiró el cuerpo por la baranda. y cuando abrieron el baúl, vi un par de pies descalzos que sobresalían un poco. Es Pablo.

Hablaron de algo que no escuche por el ruido del motor, pero no estaban a gusto.

Creo que me sobre pasé, ahora la que esta peligro definitivamente soy yo. 

He cometido un error imperdonable...

El Mancó desapareció en la noche, y a mí Román me encerró en su cabaña mientras tiraba y quemaba todas las cosas de los chicos en la churrasquera.

A la mañana siguiente revisamos sus teléfonos, por suerte parece que no le han avisado a nadie a donde iban. Solo hay mensajes de que van a estar en una cabaña, pero sin decir el lugar exacto.

Me retó durante horas Román, pero no volvió a pegarme.

No pude salir de la casa por toda una semana, los moretones no se iban.

La única visita era Daniela, que todos los días pasaba a preguntar por mí.

Cuando apareció por decima vez, Román se puso molesto y comenzó a increparla. Yo miraba todo por la ventana de arriba corriendo a penas la cortina.

Me sorprendió, que ella sin asustarse ni responder a las palabras de Román, supo usar su dulzura para apaciguarlo.

La siguiente vez, atendí yo. Sin darle tiempo a que él llegara a la puerta. Pero antes de que pudiera salir, me atrapó del codo.

- ¿A dónde vas?

- A la casa de Dani amor, ¿por qué? ¿Necesitas algo? – y lo miré con cara de ganadora.

- No, no. Andá tranquila

Ya en su casa Daniela, me dijo que había ido hasta la finca de su padre, que le desmintieron todo. Que insistían en que nadie la había mandado a llamar.

Por suerte lo tomó como un malentendido. Lo que no dejó de notar es mi ausencia después de eso.

- Nada gorda, estuve un poco enferma

- Si, ya veo lo enferma que estuviste – y señala en mi cuello un moretón.

- No seas tontita. Me he golpeado sin querer.

- Decime la verdad ¿te pegó? Yo lo he visto muy alterado estos días. ¿por qué no me dijo que estabas enferma y listo?

- Nada, el es así. No le gusta contar nuestras cosas.

El interrogatorio duró algunos minutos, pero terminó como jamás creí.

Casi sin darme cuenta, empezó a sacar cosas de la heladera. Cuando vi que empezaba a cocinar, intenté explicar que debía irme. Pero no acepto eso, y la verdad no tenía ganas de volver para que Román me mire con mala cara.

Pensé en ir a avisarle, pero no quería salir, hace un rato empezó a llover. Además, puedo ver cómo me vigila desde la venta de la habitación.

El clima aquí en la montaña es normalmente fresco de noche, pero esta vez, la lluvia trajo frío.

Después de comer Daniela notó que me acurrucaba sobre la silla.

- ¿Tenés frío?

- Si, la verdad no esperaba este clima – lo dije sabiendo que me haría alguna oferta de ayuda.

- Te traigo algo – y se levantó. Al pasar por detrás de mi silla la tomé de la mano

- No, dejá. Yo igual ya me voy. Es tarde y vos tendrás cosas que hacer – me paré de frente a ella y poniendo carita de víctima le dije – además no quiero que Román se enoje de nuevo.

Obviamente la dulce Daniela siempre cae, y automáticamente se puso en la piel de madre protectora.

- Ha, yo sabía. Vos de acá no te vas. Hoy te quedas conmigo, y si hace falta que te mudes conmigo, lo haces.

- Hay que linda que sos. ¿De verdad no te molesta que me quede por hoy? Me haría bien dormir una noche tranquila.

Claro, que tengo un plan. No lo había pensado antes, pero ahora que se me ha ocurrido, tengo todas las intenciones de no dormir sola.

- Si, claro que sí. Te tengo mucho aprecio, me caes súper bien amiga. Y a mí me hace falta algo de compañía en una noche tan melancólica. Lluvia, frío, montaña… ¿algo más hace falta?

- Jajajaja tenés razón 

Le abracé para sellar el pacto de esta noche, y como siempre lleva buenos perfumes, la piel humectada en cremas, los rulos bañados en spray, aros grandes, una cadenita muy finita y larga cuyo dije nunca vi porque siempre se pierde entre sus pechos.

Levanté la mesa, ella descorchó un vino. Estoy segura de que algo intuye, es “la dulce Daniela” pero no creo que sea “la tonta Daniela”.

La verdad que nunca había mirado con intención a una mujer, pero la sola idea de que alguna vez me dijeron que eso estaba mal, le pone hoy un toque de deseo. Solo por estar prohibido es seductor.

Se acercó a mí con una copa, la rechacé al instante.

- Dani, no es que quiera aprovecharme, pero ¿te jode si me ducho?

- No, más vale que no. Arriba tenés el baño de la pieza que es más cómodo.

- Gracias, sos divina – y de un sopetón le di un beso con ruido en el cachete, rozando la comisura de los labios. Pude ver que ella se incomodó un poco, pero salí rápido de la escena sin esperar a que dijera o hiciera algo.

Arriba, la pieza tiene un ventanal que da en la dirección de la cabaña de Román.

Abrí las cortinas y prendí la luz. Automáticamente en la ventana de enfrente se prendió la luz y pude verlo sentado en la cama, se levantó y me hizo señas, como preguntando ¿qué haces?

Lo miré fijo y me reía sin hacer ruido, lo vi tan enojado haciendo ademanes que me dio gracia.

Con un dedo le indiqué silencio, se quedó parado enfrente de la ventana con las manos en la cintura sin entender. Me quité la remera, el pantalón y di una vuelta para que me viera.

Como siempre, debajo de un árbol, muy bien escondido estaba el auto destartalado. Me sorprendí al verlo, y le tiré un beso con la mano. Román se hacia un nudo tratando de ver a quién le tiraba besos.

Me saqué el corpiño, sin taparme en absoluto y luego los saludé con la manito y apagué la luz. 

Cuando salí del baño, encontré sobre la cama un camisón limpió y la ventana cerrada.

En la sala de estar todavía me espera mi víctima y el vino.

Agarré una copa, y me senté a su lado. 

Solo me mira mientras yo trato de entablar una conversación. Su mirada se me incómoda. No mira como los hombres, no me mira el cuerpo, ni siquiera mis ojos. Es una mirada que va desde adentro hacia afuera.

Parece que no bebe de la copa, si no que la besa. Sus labios se ven más carnosos ahora que nunca.

Distraída mirando su boca, involuntariamente me mordí los míos. No me di cuenta del incomodo

 silencio hasta que ella lo interrumpió.

- Cami ¿estas bien? Te quedaste colgada – se ríe picarescamente.

- No, no. Perdón. Me colgué un poco ¿no?

- Si, te quedaste mirándome medio raro

Ya no quedan dudas, no es la “tonta Daniela”

- Aguántame que ahora me quiero bañar yo.

Se levantó y solo ahí note que estaba vestida con un remerón, que escasamente llega a taparle la cola. Cuando se iba lo hizo medio dando saltitos, para que la remera me dejara ver su joven cuerpo. En la escalera me regaló una miradita por sobre el hombro, y yo entendí todo.

Sobre la cama esperé que saliera del baño.

Se sorprendió un poco, pero no hubo mal entendidos, ni silencios incomodos.

Correspondimos sin decir nada, su boca, su piel, su pelo, todo su sabor. Es ella misma una experiencia nueva. 

Es solo fluir, ambas sabemos todo lo que hay que hacer y nada esta de más ni es poco.

Daniela fue tan dulce, casi estaba por empezar a aburrirme de eso, pero ella mordió mi labio inferior. 

Mis papilas gustativas sintieron un líquido salado, familiar y que me hace mal, muy mal.

La tibia gota de sangre y su sabor tan particular me encendieron de nuevo. Me levanté sobre la cama, me até el pelo y Daniela tuvo que aprender a amar a mi manera.

Cuando la madrugada se empieza a transformar en mañana, nos habíamos quedado en la cama las dos mirando el techo.

Pedí permiso para abrir la ventana y fumar un cigarrillo. Obvio que los dos siguen allí esperando en sus respectivos puestos de vigilancia. Les tiré un beso y me olvidé de ellos.

- Hace mucho lo conoces a Román – la pregunta salió de la nada

- No, la verdad que no. Ni tampoco se mucho de él. ¿por qué?

- Es que tengo algo que contarte – pero no sé cómo

- Bueno, creo que ya somos súper amigas – las dos estallamos en risas

- Te juro que yo no quería mentirte, vos sos una chica súper buena. Pero yo no sabía si podía confiar en vos.

- Dani, me estas asustando ¿qué pasa?

- Perdón Cami, perdón por lo que te voy a contar. 

- Podes decirme cualquier cosa – nos agarramos las manos – yo te voy a creer siempre, y siempre te voy a decir toda la verdad. Podemos confiar en nosotras.

- Es que Román es un asesino…

Lo dijo tan en frío que me costó mucho que no se diera cuenta de que me chocó un poco.

Pasó casi una hora contándome su historia…

 Yo soy Daniela Forlán… (capitulo 7)

En redes sociales: FABIAN LUQUEZ 

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