La decisión Correcta

 


Siempre fui un tipo bastante vergonzoso. No puedo ostentar de haber tenido muchas novias, porque la verdad, hasta para eso era medio corto. Con mis hijos fue diferente. Cuando eran chicos no me importó nunca tirarme en la arena de la playa para jugar, o correr por el shoping para que ellos se divirtieran.

Lo vergüenza volvió cuando Omar, mi hijo más grande, cumplió sus ocho años. Como yo lo veía grande, me empezó a pasar de nuevo. Me imaginaba que, si él estaba crecido, entonces yo era un viejo choto ¿qué va a decir la gente? Me preguntaba seguido.

Pero esta vez, la verdad de que por más que haya tanta gente, no me da vergüenza, ni me importa que los demás me vean emocionado.

Abrazo a mi hijo como nunca, y no me importa nada. Como aquella navidad. Recuerdo que esa noche él tenía a penas 5 meses. Era muy chiquito para entender de petardos y bombas de estruendo. Cuando todos fuimos a la plaza para ver los fuegos artificiales, Omar se asustó muchísimo con las explosiones. Sentí sus manitos pequeñas agarrarse fuerte de mi cuello y lo abracé con mucha fuerza, tratando de envolverlo con mis brazos por completo. Justo como ahora, solo que con 10 años ya no me cabe en los brazos.

Le beso la cabecita, como cuando tenía 4 años. Esa tarde estaba en el patio con sus primos, se treparon a un árbol y una rama se partió. También se le partió la tibia cuando cayeron todos arriba de él. No quise manejar de camino al hospital, Omar lloraba desconsolado de dolor, entonces yo lloraba también y besaba su cabeza. Hoy, el perfume de su pelo me recuerda a esa tarde.

Cierro los ojos y se me cae una lágrima, porque me acuerdo del primer día de que me dijo papá, sus primeros pasos, cuando le cambie la caca por primera vez. Ahora que lo veo tan grande, parece que todo eso esta muy lejos. Inclusive, me pasa seguido que no se si las cosas las imagine, o quizás las recuerdo un poco y sin querer las exagero, o son verdaderos recuerdos.

Para apretujarlo un poco más le agarro la manito. Todavía se ve pequeña envuelta en la mía. Pero en verdad, es una mano grande. Tiene una mueca en el dedo meñique y pienso “tan chiquito para tener esa marquita”. Es que ese pocito en la penúltima falange se hace de tanto tener el celular.

La huellita, me recuerda que es mi culpa que use tanto el teléfono, yo le enseñe de chiquito todo en el celular. Con aplicaciones le enseñe a contar, con dibujitos le enseñe a sumar, después en la noche le enseñe cuales eran mis dibujos preferidos de la infancia. Hasta bailábamos juntos poniendo música en el teléfono.

Hay muchas personas, inclusive hay unos padres que también traen a su hijas, pero a otra cosa. Yo no sé si saben quienes somos nosotros. Pero igual nos miran.

Mi esposa no está, no ha llegado. Calculo que después se va a enojar porque Omar no la esperó. Pero así son los niños, a veces hacen las cosas sin esperar a nadie. Como cuando eran chicos, él y su hermano menor, se bajaron en él supermercado. No sabemos en qué momento se fueron, pero cuando nos quisimos acordar no estaban más. Hablamos de inmediato con un guardia. Cerraron los estacionamientos y las salidas peatonales. Mientras mi esposa me gritaba en el oído que era mi culpa, yo solo corría entre las góndolas para encontrarlos. Quince minutos pasamos buscándolos, hasta que alguien salió del baño gritando “los encontré, los encontré. Dice el más grande que el chiquito se hacía pichí, que por eso se tuvieron que ir rápido”. De tanto susto, ni los retamos, ni nada. Solo los abrazamos.

Por ahí, lo que si me esta dando un poco de vergüenza, es que el abrazo dure tanto. Me da la impresión de que la gente que está esperando, se empieza a impacientar. Igual si se incomodan porque un papá abraza mucho a un hijo en este momento, es porque no tienen hijos.

Yo me acuerdo muy bien que en él primer día de jardín, nadie quería soltar a los hijos. Lloraban más las madres que los niños. Ese día también lo abracé un montón, no tanto como ahora. Pero ahí también tenía la sensación de que ya no iba a ser más mi hijo chiquito.

Y la verdad que no me equivocaba. Desde que empezó a tener amiguitos en el jardín, yo dejé de ser su mejor amigo. Y si, eso me dolió un montón, pensé que íbamos a ser siempre así de unidos. Pero bueno creo que es la ley de la vida.

Por eso, como ya sé que debería haberlo abrazado más esa mañana, que de verdad era el último gran abrazo de ese niñito mío. Ahora que el abrazo dure todo lo que pueda durar, después de esto no va a ser más mi niñito grande.

Tantas cosas se me pasan por la mente, tan rápido pasan los minutos. Tanto frío estoy sintiendo.

Igual, que se ponga frío no es nada. Hay cosas peores. Lo único que me da tranquilidad, es saber que esta vez voy a estar con él todo el rato que pueda.

Inclusive, creo que lo mejor que puedo hacer en este momento es lo que estoy haciendo. Estar con él y tomar las decisiones correctas. Mucha gente me lo dijo “es lo mejor que podés hacer como papá” pero me da miedo no preguntarle a mi señora, tiene el carácter un poco fuerte. Pero ahora soy el que esta a cargo, y las decisiones se toman rápido a veces.

Me arrepiento de no haber estado en otros grandes momentos de su vida. Antes andaba siempre apurado, el trabajo, el trabajo y el trabajo. Pero, ahora me voy a tomar mi tiempo. Como me lo tendría que haber tomado cuando lo cambiamos de escuela. Seguro estos papas que están enfrente, también llorando y que me miran raro, si se hubieran tomado el tiempo de ir a todos los actos de escuela que yo no fui.

Le beso la cabeza y me alejo un poquito, para ver como está. Sigue con un gesto apasible, no le duele nada me parece.

Como hay mucha gente, creo que sí me empiezo a sentir presionado. Pero que se cague lo abrazo fuerte, fuerte. Agarro su manito y la estrujo con fuerza.

El médico me toca el hombro con un sigilo terrible. Me asusto un poco, y cuando lo miro me dice “ya es hora”. Levanté levemente la cabeza y miré a esos padres, que tienen los ojos llenos de esperanzas. Seguro es una buena decisión, ellos si tienen pinta de buenos padres. Seguros ellos si hacen tiempo para su hija, seguro ellos conocen la escuela. Yo no, por eso no sabía que había una escalera tan peligrosa. Por eso no sabía que los chicos jugaban a empujarse cuando iban al recreo. Por eso no sabía que el último escalón tenía rota la baldosa y que un día un niño cualquiera, como Omar, se iba a pegar en la cabeza con ese filo.

Seguramente, ellos que son buenos padres, saben todo eso de la escuela de su hija. Y por eso me miran con un poco de tristeza.

Besé por última vez la frente fría de mi hijo mayor, y lo dejé acostadito en la camilla. Los enfermeros se lo llevaron y la pareja se acercó. Me dijeron que era muy valiente, que gracias a mi decisión su hija tendría un corazón nuevo y que me lo agradecerían siempre…

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