Los Maestros estan Equivocados
A veces me cuesta explicar por qué gasto plata para ser profesor, que no estoy equivocado. Y es que, en realidad, un poco esto de ser docente es en mí un mandato, mis abuelos eran docentes y mi padre también, serlo era casi una obligación inconsciente.
Tengo 9 horas cátedras frente a alumnos, ellas implican ir a las escuelas cuatro veces a la semana, y trabajar para ellas casi todos los días, inclusive fines de semana. Cómo las escuelas me quedan lejos, una a treinta kilómetros de casa y la otra a quince en la otra dirección, el gasto de combustible se lleva el sesenta por ciento de lo que me pagan. Con lo que me queda después de afrontar los gastos como seguro, cambios de aceite, cubiertas, etc. no alcanza para mantener el vehículo andando todo el año. Por eso a veces me cuesta explicar para qué sigo yendo.
Y es que no todo se mide en dinero. A los profesores hay cosas que nos pasan pocas veces en la vida, y quizás a quien no le ha pasado no debería llamarse “docente” hasta que le pase. Debería ser como un ritual de iniciación para cobrar tu primer sueldo. Este ritual tiene que hacerse una noche helada de invierno, después de estar parado durante horas hay que salir afuera, y viendo cómo las palabras se convierten vapor por el frío, uno tiene exponer frente a otros docentes más viejos el nombre y la historia de aquel alumno que va a quedar por siempre en nuestra memoria sin dejarnos dormir, a pesar de que los años se conviertan más tarde o temprano en décadas. Mi historia se llama Pablo.
Es un muchacho que tuve cuando él tenía catorce años y yo treinta y uno, por algún motivo su ojos negros y su cara de bonachón se me metió en la cabeza, y cada tanto aparecen en medio de la noche, viendo una película, hablando de actualidad, jugando con mis propios hijos. Era en ese momento un adolescente terrible, casi hiperactivo, pero muy bueno y libre de maldad, o por lo menos todo lo libre de maldad como es posible en el inicio de la adolescencia. Cursaba en una escuela para adultos mayores que funcionaba en un barrio urbano marginal, donde yo era uno de los tres profesores de Matemáticas.
Yo estaba pasando por mis primeros años en las aulas, usábamos pizarras de tizas, los calefactores no funcionaban, si me sentaba junto a la ventana que daba a la calle desde afuera seguro me escupían la cara, también soltaban el humo de marihuana por entre las rejas, o les vendían drogas a los alumnos por la tela olímpica del patio. Por eso, siempre revisábamos los baños y los rincones de las escuela para encontrar los que se estaban drogando, fumando o haciendo algo indebido. El mismo año que lo conocí, se le dio intervención a la división de investigaciones del departamento para que nos asignaran un efectivo armado con escopeta recortada para que custodiara la calle por algunos enfrentamientos armados o amenazas sobre los alumnos y algunos profesores o maestros. Fueron años gloriosos para iniciarse en la docencia.
Como yo era nuevo, se me asignó al curso donde casualmente siempre se reunían los alumnos con problemas de conducta. Y entre ellos estaba su nombre en la planilla. No me llamó la atención en un principio, era un revoltoso más, o eso fue lo que yo creí.
Mis intentos de acercarme a cualquiera de mis alumnos, o de motivarlos para que ellos estudien, ya pasaban como un viejo VHS que se repite todos los años sin esperar que nadie le preste atención, ya había perdido la ilusión con que me inicie allá por mis veintisiete años. Por eso, ya cansado de intentar dialogo, interés o algún afecto, cuando Pablo respondió me llamó mucho la atención.
Con el pasar de las clases, en sala de profesores escuché un apellido y un reporte de conducta. Me sorprendió mucho y me sentí en la obligación de salir en defensa, explicando que era un buen alumno y que se esforzaba mucho. No compartieron conmigo algunos, pero no me importó.
Un día le pregunté por qué se comporta de esa manera en otras materias y el me respondió “es que me tratan como si yo fuera tonto, o si fuera igual que los demás, y yo sé por qué me lo dicen, pero yo no soy igual. O por los menos no quiero terminar igual”
Indagando, me entré que se refería a su familia, que era muy conocida en el barrio. Padres separados, y la mitad de la familia en la cárcel o envuelta en la venta de drogas, más dos hermanitos menores.
Cuando alguien te cuenta algunas realidades y más que una confesión se esconde un pedido de ayuda, sabes que ese nombre es el que años después vas a recordar viendo una película y se te van a caer las lágrimas, porque te vas a sentir mal por no haber hecho más por él, porque quería ayuda, quería salir de su circulo de decadencia, pero vos seguiste con tu vida normal, común y corriente. Esa misma noche vas a escribir un cuento para tratar de sacar algo de eso y calmar un poco la angustia.
Después de que me contara su realidad y cómo se esforzaba por salir adelante, dediqué el resto del año a reforzar además de las matemáticas, sus sueños. Me dediqué a sostener encendida esa luz que él quería ver al final del pasillo.
Al año siguiente no comenzó la escuela a tiempo, pregunté varias veces por él y nadie tenía noticias suyas, si de los hermanos cuya mala fama crecía. Tres meses después lo encontré en la calle, me paré y le pregunté por qué no veía a la escuela, me juró que estaba trabajando y prometió que la semana próxima cuando terminara la temporada de ajo, estaría en el primera banco “ya va a ver profe” y cerró la charla. Cumplió con su palabra, pero ese año empecé a temer un mal desenlace, los compañeros me contaron que había empezado a verse por el barrio con sus hermanos mayores, que se lo habían llevado varias veces a la comisaría y otras cosas menores hasta entonces. Sin embargo, a las clases de matemáticas no faltó ni una vez, incluso durante los días del mundial de Brasil, cuando nadie más venía. Esos días, aprovechaba para tratar de reflotar los sueños de aquel niño que se empezaba a desdibujarse.
El tercer año, volvió a aparecer tarde, pero esta vez supe que ya no era él. Bajó muchos kilos, y creció varios centímetros. Se ha convertido casi en un hombre.
Un miércoles yo estaba dando clases desde hacía ya media hora, y lo vi venir caminando con la carpeta bajo el brazo y al levantar la vista se encontró conmigo en aula, se dio media vuelta y se fue. Salí apurado detrás suyo y lo llamé por el apellido, se detuvo de inmediato y sin levantar la cabeza regresó. Cuando pasaba por mi lado, lo tomé del brazo y le pregunté sin rodeos “¿le pasa algo que se va del curso cuando me ve?” en su respuesta no hubo palabras, con los labios morados, las pupilas dilatadas y los ojos conteniendo lágrimas sacudió la cabeza en señal de negación. Lo miré por un segundo y le pregunté sin poder contener la pena en el tono de voz “¿Qué pasó Pablito? ¿qué andás haciendo?” No conseguí una respuesta, bajó la mirada en un gesto de vergüenza y se fue al curso. No hicimos contacto visual en el resto de la clase y no vino en varias semanas.
Tuve noticias suyas por terceros y ninguna fue alentadora. Había comenzado a vender con sus hermanos. Un día la policía lo detuvo y lo encontraron con marihuana, su mamá después de sacarlo de la comisaría tomó a los hermanos menores y se fue de la casa. Desde entonces vivía solo.
Regresó a fin de año, pero ya no era el mismo. Se acercó un día y me dijo que necesitaba terminar mi materia porque era una de las pocas que le quedaban, que lo necesitaba para un trabajo que le habían ofrecido. Me decidí a ayudarlo y le dedicamos todos los esfuerzos y recursos disponibles para apresurar los temas que le quedaban.
Recién al año siguiente cuando lo vi deambulando por otros cursos supe que era mentira, le quedaban casi todas las demás materias. Pasé varios meses pensando porque me había pedido eso, y se me ocurrió una noche de invierno, donde las palabras se convierten en vapor en un circulo de docente que hablan en la penumbra de un barrio pobre de vidas sin futuro. Yo le recordaba que le había fallado al niño que cuatro años antes quería ser diferente y salir de donde estaba.
Esa noche fría, me dejaron entrar a ese grupo de gente loca, que sale de sus casas en las noches de invierno a realizar un trabajo por el que casi no le pagan, por el que nadie le dará las gracias y que nunca podrá explicarles a personas que no se despiertan en medio de la noche pensando en un hijo que no es el suyo, porque lo hace… que no es un error que es vocación…

Nunca dejes de escribir.
ResponderBorrar