Nacho
Debo reconocer que siempre fui muy creyente de Dios, y eso me ha salvado muchas veces. Pero últimamente, aunque necesaria, la fe me ha estado flaqueando.
Me pasé un par de años cuestionando, me costaba mucho entender los mecanismo de Dios, le pedí durante mucho tiempo explicaciones. No me sirve de remedio la frase “Dios tiene caminos misteriosos”, menos su hermana más explicita “Dios sabe lo que hace, tenemos que confiar en que tiene un plan para nosotros”.
No es que quiera desafiar la divinidad, pero… ¿qué plan puede haber? ¿es un castigo? Definitivamente no puede ser una enseñanza, estoy convencida de la imposibilidad de pensar que las cosas pasan por algo, que hay que verle el lado bueno.
Los consuelos se quedan cortos, siempre cortos. A nadie en mis zapatos le convence cuando dicen “Dios no le da a alguien una cruz que no pueda cargar” Debo suponer que esta cruz me la a puesto mi gran “Padre” ¿Qué clase de padre coloca semejante peso en la espalda de sus hijos? ¿qué puede alguien aprender de semejante dolor?
Estaba lista para dejar atrás todo lo que mi fe representaba.
Un día mientras mecía la cuna de mi hijo pequeño, miré el tatuaje en mi muñeca y como cualquier madre a la que solo le queda la mitad del corazón, le dije a Dios:
- No te pido entender, no creo que pueda entenderlo, pero por favor dame algo en que creer. Solo te pido que me des una señal de que allí no hace frío, que el amor no le falta, que nos volveremos a vernos.
Como siempre la respuesta es solo el silencio. Por lo menos así lo creí hasta tres días después.
Una amiga me visito una tarde, llovía de manera intermitente y los truenos resonaban en la casa.
Cada vez que hay un estruendo, mi hijo pequeño interrumpía la ronda de mates en pleno llanto. Tomé una manta y la coloqué en el living, la llené de juguetes y lo puse a jugar.
Mi interlocutora me cuestiona cómo me siento, le respondo contando el monologo sin respuesta de hace unas noches.
La luz amarillenta de la tarde cambió, por uno segundo, al blanquecino azulado de un rayo. Segundos después la casa completa se estremece en un sonido ensordecedor.
Para nuestra sorpresa el pequeño de casi dos años, esta vez no se inmutó. Por el contrario, se ríe mostrando su flamante dentadura nueva mientras repetía un monosílabo que siempre hace cuando juega solo.
- Ha, pero este niño me sorprende – dijo mi amiga- recién lloraba con un ruidito y ¿ahora nada?
- Si, cuando juega en el living o en la pieza solito nunca tiene miedo. Incluso la vez pasada se hizo de noche y no lloró, se reía a carcajadas.
- Ha, me muero es todo un valiente.
- Al principio, nos asustamos. Por ahí, mira a la pared o algún rincón y repite esa palabra en su idioma, “pepa” o “pea” ¿qué se yo que es lo que dice?
- ¿Vos me estas jodiendo? a mí eso me pone la piel de gallina – dijo mientras me mostraba el brazo encrespado.
- Sí, a mí también. Mi mamá que es de esas señoras de antes dice que tiene un amigo imaginario.
No entendí por qué, pero a mi visita se le pusieron los ojos llorosos y me señaló su piel erizada.
- Hay por Dios, me hiciste acordar – dijo con la voz quebrada- yo sabía que me estaba olvidando de algo.
- No me asustes ¿qué te acordaste? – dije ya un poco sugestionada.
- No, no es nada malo, pero es mucha coincidencia.
Entonces se dio vuelta y tomo su morral café, metió la mano y sacó un libro marrón con un ángel dibujado en la tapa y una mujer parada debajo extendiendo la mano al cielo como si tratara de cocarlo.
- Mirá – me dijo mientras me tomaba la mano- yo sé que a vos te encanta leer, y que para vos todo es inventado, que ya te cuesta creer. Pero léelo, no sé si es cierto, pero quizás te haga bien.
- Si dale, lo léelo cuando pueda, te lo prometo.
- No, no. Léelo ahora – juntó sus cosas y las echaba al bolso- Te dejo, vuelvo mañana y me contás.
Entre sorprendida y curiosa por el libro, no atiné a levantarme. Me besó en la mejilla y se marchó sin más.
Me quedé mirando el libro, esta un poco envejecido y es de pocas hojas, quizás setenta u ochenta.
Lo empecé sin mucha expectativa. Habla sobre un hombre que de pequeño tenía un amigo imaginario. Al principio creía que era otro niño, que siempre estaba con él.
En otro capítulo dice que una noche se despertó y lo encontró mirando un papel, que le preguntado que tenía escondido, pero no le quiso contar.
Por mucho tiempo se preocupó por saber qué tenía ahí escondido, pero el niño nunca le contaba.
Pasaron los primeros años y llegado a los 6 o 7 años, se dio cuenta de que ahora él era más grande y su amigo más pequeño, entonces le pregunto:
- ¿vos no creces como yo?
- No, yo creo que no – y se miró las manitos regordetas - Vos estas más alto y yo estoy igual me parece.
- Y la verdad que no te he visto comer ¿no tenés hambre?
- No, nunca tengo hambre, ni frío, ni me lastimo. Siempre estoy calentito y con la pancita llena. Ahora que lo pienso tampoco me dan ganas de ir al baño.
Entonces los niños se quedaron un rato en silencio y el nene le volvió a preguntar
- Y tu familia ¿dónde está? – sin tener si quiera cuidado de la pregunta, típico los niños- ¿no tenés familia?
- Si, si tengo – se quedó pensado por un rato, con los ojos llenos de un brillo parecido al amor- ¿te gustaría conocerlos?
- Si, más vale - contesto emocionado
- Bueno esta noche yo te vengo a buscar.
La verdad que yo a esta altura del libro me sentía muy entusiasmada en la lectura, tenía una especie de presentimiento sobre el desenlace, más cultivado por las frases de mi amiga que por el relato propiamente.
Como mi hijo seguía jugando sin miedo, seguí leyendo entusiasmada.
… me acosté temprano esa noche un poco decepcionado, porque mi amigo no me había venido a buscar, pero en medio de la noche una caricia pequeña y tibia me despertó. Cuando abrí los ojos, me tenía tomado de la mano el y flotaba sobre mí. Después de levantarme, pude ver que ambos estamos suspendidos en la habitación. Abajo, por extraño que parezca, yo sigo durmiendo.
Salimos de la habitación por la ventana, y sobre los techos de las casa volamos largamente, jugueteando entre los árboles de los patios.
Llegamos a una casita con el techo a dos aguas, de tejas naranjas y paredes color claro. Se detuvo y con un guiño me dijo llegamos, veni que te muestro.
Al asomarnos, encontramos una ventana con las cortinas abiertas. Adentro una pareja joven dormía profundamente. Nos colamos en la casa y empezamos a revisar todo, nos comimos las galletas, miramos tele y jugamos con todo lo que encontramos…
La extraña sensación de estar al borde de un develación, me empezaba a brotar en el cuerpo. Leía el libro a una velocidad que no podía entender.
“… recordando la conversación que habíamos tenido durante el día, le pregunte:
- ¿Pero no ibas a mostrarme tu familia?
- Ha sí, me olvidaba. Vení.
Entramos en la pieza sin prender la luz. La luna que se colaba por la venta fue suficiente para ver.
Caminó con naturalidad entre los zapatos tirados en el piso, me pareció que no era la primera vez que estaba por aquí…”
Me interrumpe un terrible estruendo, y lo primero que hago es dejar el libro para ir a ver mi hijo pequeño. Cuando me estaba por levantar lo siento que se ríe y repite “pepa” una y otra vez. Me mira con los ojos brillantes, sin rastros de miedo por la tormenta.
Afuera no llueve, pero el sol de la tarde no consigue penetrar en la espesa nube que cubre el cielo, vuelvo a libro y continúo leyendo
“… se acercó a la mujer que duerme de lado con una mano colgando de la cama y la otra abajo de la almohada. La acarició con su manito regordeta de niño pequeño. El amor podía olerse en el aire.
La mujer, sin despertarse, dibujó en su cara una sonrisa enorme mientras la caricia le llega al mentón.
Sentí que era necesario dejarlos a solas. Cuando me di vuelta para salir, encontré fotos en la pared. Me acerqué para ver mejor y una lagrima se me cayó sin querer. Ahí estaba la pareja un día de sol, agachados como indiecitos en la arena de alguna playa, y mi amigo estaba en el medio con una palita y una balde.
Estaba todo, la familia, las vacaciones, el sol, la arena. Una escena perfecta.
Me di la vuelta, y el niño se había trepado a la cama. Se escabulló por debajo del brazo y se acurrucaba con su mamá. El padre sin saberlo abraza a su esposa e hijo de nuevo.
Supe que debía volver y dejarlos ser felices. Entonces sin querer, me desperté de un salto en mi cama…”
Juro que intentaba evitar los espasmos, porque mi hijo se asustara al verme llorar, pero no pude. Lloré como hace tiempo no podía hacerlo, lloré con ruido mientras me limpiaba los mocos con la remera. Lloré como lo hacemos las madres que hemos perdido a un hijo, lloré como seguramente lloró la mujer del libro.
Con la vista nublada por las lágrimas, seguí leyendo
“… a la mañana siguiente cuando me levanté, lo encontré sentado a los pies de la cama jugando como si nada.
- Anoche, estábamos en tu casa ¿cierto?
- Si, esa es mi familia ¿te gustó?
- Si, pero ¿por qué vos ya no estas con ellos?
- Porque estuve muy enfermo, y un día me tuve que ir. Entonces hubo una luz muy fuerte y después me desperté como soy ahora, no me dolía nada y ya no estuve cansado nunca más.
- ¿Te moriste?
- Si – dijo bajando la cabeza
Nos quedamos un ratito en silencio, después me miró con una sonrisa y siguió.
- Pero no es tan malo, bueno un poco sí porque ya no puedo hacer algunas cosas. Pero después una voz apareció de la nada y mientras me hablaba sentí un calorcito por adentro, fue muy lindo.
- Y ¿qué te dijo?
- Que ahora, ya no era un niño. Que tenía un trabajo, y ahí apareciste vos. Estabas recién nacido.
- ¿yo soy tu trabajo?
- Claro, desde que naciste estamos juntos ¿no te acordás? cuando eras chiquito yo siempre estaba con vos, te hacía reír cuando tenías miedo, te daba calorcito si te destapabas y cosas así.
Cuando te quedas dormido, voy a mi casa y me acuesto en la cama con mis papás.
- Entonces vos no sos mi amigo invisible, vos sos otra cosa
- ¿cómo que cono somos amigos?
- Bueno, amigos sí, pero también sos algo más…
- ¿qué cosa es más importante a que seamos amigos?
- Es que vos, sos mi ángel de la guarda…”
Yo no se si a todo el mundo le pasa lo mismo que a mí, porque mi historia es muy particular, pero yo no pude seguir leyendo.
No puedo dejar de llorar, porque con una mano me agarro el pecho y con la otra me acaricio la muñeca. Porque ahí, justo ahí, tengo un pequeño tatuaje, que siempre me recuerda la suerte de mierda que me ha tocado.
Yo fui mamá dos veces, pero tengo un solo hijo que abrazar. No tengo suerte, porque si la tuviera, me habría dado cáncer a mí. Pero no, le dio a mi hijo. Y cuando le pasan cosas así a tu hijo, aprendés varias cosas como por ejemplo que por más que quieras no podés hacer nada, que todos los pelotudos te dicen “tenés que ser fuerte”, o lo qué es peor “Dios no le da a alguien una cruz que no pueda llevar” ¿qué mierda significa eso cuando tu hijo se muere en la camilla de un hospital? ¿qué significa que “Dios tiene caminos misteriosos”?
Entendés muchas cosas cuando un hijo tuyo se esta muriendo y lo tenés que ver todo entubado por un vidrio.
Te morís por poder abrazarlo, por estar ahí para que no sienta frío mientras esta luchando por su vida. Pero no podes, está ahí, pero al mismo tiempo esta lejos. Y ves que lo pinchan, que le hacen cosas, que se pone pálido y vos del otro lado del vidrio. Lo único que querés en ese momento, es estar vos en su lugar, pero no podes, porque el puto Dios tiene un puto plan, para toda esta puta mierda…
Todo lo que sé, es que ya no puedo más… necesito una señal, necesito saber que esta bien, necesito sentirlo de nuevo…
Solo necesito, aunque sea por un segundo, saber que todavía existe en algún lado.
Por favor, Dios, respóndeme una vez…
De repente se me ocurrió una idea, que me causaba tanto miedo como intriga. Agarré una foto que estaba en la pared, es de hace algunos años. Una foto donde nadie tiene cáncer, donde todavía no ha nacido mi hijo el que esta en el living, pero yo ya soy mamá.
Camine por la casa conteniendo las lágrimas, con la foto apretada en el pecho. Me arrodillé frente a mi bebe, lo miré y le dije
- Hola, mi amor ¿a qué estas jugando? – me incliné hacia adelante y puse la foto frente a él - mira bebe, ¿sabes quién es?
Miró la foto por un segundo, después me la arrebato de la mano y repitió una y otra vez “pepa… pepaaaa” mientras la abrazaba.
- No hijo, no es “pepa”, es Nacho y es tu hermanito…
Lo abracé y un calor que me invadió por dentro. Sentí una caricia cálida en la mejilla, mientras se dibujaba en mi cara una sonrisa involuntaria.

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