Un sueño tonto, para ser feliz.



Estaba en el patio de mi casa, después de ver una entrevista de un tipo famoso, de esos que tienen muchos negocios y la vida resuelta.
Cuando estas personas hablan de sus vidas, nos hacen sentir que no tendremos derecho a vivir algo similar. Las opciones, las oportunidades, los conocimientos, los entornos sociales en los que se mueven siempre son ideales para el desarrollo de su genialidad. 
Me di cuenta de que él factor suerte es algo muy determinante. Hay que tener una familia de plata, un amigo que nos siga, un grupo de estudio muy apasionado, si no cuando menos una actitud extrovertida y arrojada. El análisis no da lugar para el éxito de personas tímidas.
Hasta ese momento, las personas de acciones conservadoras y tímidas como yo, no podremos jamás ostentar éxito o grandes empresas en el recorrido de nuestras insignificantes vidas. Fue justo ahí, cuando acostado en la reposera, vi como una estrella fugaz cortaba el cielo a la mitad.
Con los ojos entrecerrados por el sueño, pedí un deseo “quisiera poder viajar en tiempo, buscarme en el pasado y tirarme las orejas para que tome las riendas de mi propia vida”
Después de hacer un breve destello, desapareció sobre el techo de una casa. Mientras la estela todavía estaba en el cielo, me quedé dormido.
Desperté exaltado y me puse de pie. Reconocí de inmediato el Citroën 3cv celeste de papá. No he olvidado en estos últimos 30 años el olor de la pintura fresca cuando lo habían repintado.
Estaba bajo un techo de chapa. Sobre la mesa donde mi viejo, hacía trabajos de soldadura para llegar a fin de mes. 
Giré a la derecha y por la ventana la vi. Fue raro ver a mamá tan joven. Ella tiene ahora 25 años, yo en esta versión vieja, tengo 35. Soy mucho más grande que ella y mis sueños están más apagados que los suyos. 
Yo sé cómo terminan muchas cosas, que ella no. Inclusive, conozco mucho más de lo que va a ser de su vida. Su hijo de 7 años soy yo, y me escucho jugar en la pieza de al lado. Mi hermana tiene 9 y no la escucho. A mi papá, tampoco lo veo.
Parece ser otoño, igual que cuando me quedé dormido. Pero un otoño más frío, más pobre, más inocente, con muchos sueños, con un mundo de ilusiones, con toda una vida por delante.
Si es el año que yo creo, hace algunos meses, empezó la construcción de la casa en la que años después voy a crecer.
Mi vieja, muy joven, estira un cubrecama que ella misma hizo en la máquina de coser a pedales. Se sube en la cama, con un pantalón gastado y el pelo recogido. Los ojos celestes brillan, con la inocencia de la niñez todavía.
Escucho una música conocida, es un Jingle que nunca olvidé. El televisor Sanyo de 14 pulgadas, anuncia el Turismo Carretera.
Salgo y miro al cielo. El sol está alto, debe ser medio día de domingo por 1992. 
Me quedé extasiado al ver las tijeretas volando, junto a los barriletes de papel de diario, dan vueltas en círculos. No recordaba el calor de ese sol amable en la cara.
La puerta esta abierta, de adentro sale humo. Me asomé despacio para que nadie me vea. Quiero ver todo como era.
Mi papá, trata de prender la salamandra con poco éxito y la casa se llena de humo. En la mesa, hay fideos estirados en la harina. Sobre la cocina, hierve en una olla el agua.
La tele, da la grilla de largada y recuerdo el nombre de Aventín, Mouras, o Pernías entre otros. El olor a tuco me impregna la nariz. Toco la puerta de hierro y machimbre que ha hizo mi papá con 23 o 24 años. No había olvidado el aroma a pino mojado que sentía por las noches de invierno, cuando apoyaba la cabeza contra el vidrio transpirado, esperando que mi papá apareciera por el portón a las veintitrés treinta, llegando de la escuela donde trabaja.
Quiero entrar, pero sé que no puedo. Después de todo, Marcelo mi papá, tiene 27 años. Es un nene todavía, y yo soy un tipo extraño, mucho más viejo que él. Si me ve, no me va a reconocer y me va a sacar a patadas.
Me quedé mirando el patio. Caminé revisando todo, el horno de barro, la estantería llena de cosas raras, el portón naranja que da a la calle. 
Afuera, en la acequia, alguien quema las hojas del otoño. Arden haciendo una columna de humo muy espesa. No dude un segundo en saltar a través de ella como cuando era un niño. 
Salté de la vereda a la calle, y después de regreso.
Cuando salí de la cortina de humo, encontré el portón abierto. Una nena de unos 9 años de tez blanca y pelos castaños lacios, cierra después de que su hermanito salió.
Ahí estoy, mirándome fijo a través de 30 años. 
La nena corre y lleva un envase de coca cola de vidrio, como todos los domingos al mediodía de los 90. El nene, yo, se queda clavado en el lugar. Parece que sólo él me ha visto.
Cuando hicimos contacto visual, los pelos de la nena quedaron duros. El humo dejó de fluir y una hoja amarillenta que caía entre nosotros, se detuvo en el aire.
- Hola – Me hablo despacio. Tengo miedo, de que me asuste 
- Que viejo estoy – me dije con tono insolente, frunciendo las cejas extrañado.
Me reí fuerte, me di gracia. Con esa cara de pavo, no creí que me reconocería a mi mismo.
- ¿Qué hago acá? ¿Por qué no me afeito? - dije de chiquito, tocándome la cara
- Hola. No sé qué hago acá, ni como llegué. Pero no somos tan viejos, y no nos afeitamos porque me parece que así nos vemos mejor.
- La verdad que no. Me veo como el orto.
Me caí un poco mal. Pero soy yo. No me puedo pelear a mí mismo.
- Y ¿cómo llegaste? – me pregunté curioso.
- No sé. Estaba en el patio de casa y me quedé dormido después de ver una estrella fugaz… - recordé el deseo y me invadió una sensación de asombro y felicidad - Eso es, pedí poder volver a verme de chiquito para darme algunos concejos.
- Hu ¿me venís a retar?
- No, no. Te quiero decir algunas cosas que te van a servir para cuando llegues a mi edad.
- Pero ¿lo tengo que hacer yo? y ¿es para vos?
- Si, pero acordate que soy vos.
Me vi con carita larga y quise darme un respiro. Quizás, necesito tiempo para entenderme. 
- ¿Qué te parece si primero me muestras algunas cosas? Ya me he olvidado de muchas.
Eso me puso contento, y con una sonrisa me agarré la mano vieja con mi mano pequeñita. 
- Vení a mirar. Acá tengo unos chanchitos.
Me acompañé hasta el fondo del patio. Levanté  con mis manitos una maceta, había bichos bolita, o chanchitos como le digo a esa edad. 
Me quedé mirándome de panza en el piso. Con las manos en los bolcillos, pensaba en todas las cosas que tengo que decirme. No quiero olvidarme de nada. Es mi oportunidad de cambiarlo todo.
Cuando miré de nuevo hacia abajo, me vi solo y entretenido. Me arrodillé y sentí el olor a tierra húmeda. Sin que importe mi verdadera misión, me acosté y nos entretuvimos un rato  Le tocábamos la pansa y se hacían una pelotita.
- Vení. Mira lo que nos regalaron el otro día. – dije de un momento a otro, dando un salto.
Corrimos al auto y del asiento de atrás sacamos una linterna. Es una cabeza de tortuga ninja, con un foco adentro y un mango amarillo. La recuerdo muy seguido.
Después de revisarla me subí en el auto, en el asiento del conductor agarré el volante duro y fino. Giré el cubo que enciende las luces. Revisé en el asiento del acompañante, los equipos con los que mi papá de aquellos años hace publicidad callejera.
- Vamos a revisar las cosas del abuelo. Aprovechemos ahora que están todos congelados.
Al lado de mi casa de entonces, viven mis abuelos maternos. Cruzamos el patio corriendo. Ya siento que somos dos niños de la misma edad los que van de la mano, el corazón se me hincha de felicidad.
Entramos por la puerta de vidrio, crucé el comedor siguiéndome con dificultad. A la izquierda un aparador marrón, en él una fuente de plata detrás de la cual escondían los chocolates. A la derecha una mesita con el teléfono gris a disco, debajo la guía telefónica. Un poco más a la derecha, la cocina y comedor, el mantel plástico con girasoles y las sillas de madera. En la pieza, mi abuelo duerme en la cama.
Lo miro, me asombra que debe tener unos cuarenta y algo. Mi edad está más cerca de mi abuelo que de mi niñez. 
Siento pena y también culpa. Ese hombre no sabe que un día nos vamos a distanciar. Todavía yo soy el nieto más chico de los dos que tiene. Luego llegarán otros 11, y por cosas de la vida nosotros no vamos a volver a hablar. Ese hombre, se va a morir un día y su último deseo incumplido va a ser verme. Ni el ni nadie, sabrá jamás, que yo en Rivadavia manejo a toda velocidad para llegar a verlo. A mitad de camino una llamada me va a decir que es tarde, que le negué a un moribundo la oportunidad de despedirse. Ese hombre y este niño no saben, que ambos van a tener que morir algún día sin haberse despedido, sin haber salido nunca de madrugada a cazar lagartijas.
Como me sentí tan mal. Me agarré la manito y me lleve afuera.
- ¿Qué pasa? El abuelo siempre tiene australes en el pantalón. 
- Si, ya sé. Pero ahora mejor vamos a otro lado.
- Bueno, vení a la pieza. Te muestro tus juguetes. Todavía, no hemos desarmado el buzo a cuerdas. El que nos regalaron para navidad. ¿Lo abrimos con un cuchillo para ver que tiene adentro?
Me dio mucha risa y me olvidé un poco de otras cosas.
Entramos de la mano. Pero a mitad de la casa, me quedé helado.
- ¿Qué tiene el papi? ¿Por qué te quedas así? – me interrogó
- Nada, es que no lo recuerdo tan joven, para nosotros siempre ha sido grande. Pero ahora es un niño al lado mío. Mirá que joven está, y que flaco.
- Si, corre todos los días.
- En el futuro también. – contesté sin bajar la vista.
- ¿Cuándo voy a ser más alto que él?
- A los 14 pegamos el estirón – hablo sin mirarme, estoy extasiado. Me nacen lágrimas de emoción.
Me acerqué y lo miré de cerca, caminé alrededor mirándolo de arriba a abajo. Lo abracé. Se siente raro, quisiera que el me devuelva ese abrazo. Le acaricié la cabeza y le desordené el pelo. Le susurré al oído “todo va a estar bien, sos un tipo fuerte. Esta noche no te levantes preocupado por el futuro, dormí tranquilo. Ahora no lo sabés, pero vas a lograr muchas cosas. A tu manera vas a ser un buen papá, un modelo a seguir para mí .”
Después de un rato, me acordé de que en la pieza estaba mi mamá. Caminé apurado, y al lado mío me sigo sin dejar de hablar.
Hablo mucho, me recuerdo a mi hijo.
Ahí está mamá, congelada en el tiempo, con una almohada. 
Me senté en la cama, y la miré. Saqué la almohada de sus manos y puse en su lugar mi cabeza. La posición es justa. Puedo abrazarla por la cintura y apoyarme en su vientre. Parece que ella me acariciara. Recuerdo la textura de sus manos en mis mejillas, la caricia joven de mi infancia.
Dentro de mi cabeza empezó a sonar en su voz una canción “en el viejo hospital de los muñecos. Llegó un día pinocho mal herido…”. Creo que esta vez, el hada madrina sanó mi corazón, no el de Pinocho…
Mi yo niño, entendió todo y con esa mirada inocente, me dijo “te la presto un ratito, voy a la pieza" y salió del cuarto.
Estaba tan cómodo que por algunos minutos olvidé a que venía. 
Después de un rato, me paré y abracé a una joven mamá. No quise irme sin decirle algo. Alguna vez leí que mientras uno duerme, puede escuchar con más atención.
Entre los rulos negros, le dije al oído “Sos una excelente mamá ¿sabés piba? Sos una excelente mamá. Quizás nadie entienda lo que afrontaste siendo una niña, pero lo hiciste bien. Si alguien te dice lo contrario, perdónalos, no lo entienden.”
En la pieza, me encuentro jugando con los autitos. Me senté como un indio y me abracé. Se me cayeron unas lágrimas, no sé bien si de felicidad o por la nostalgia.
- ¿Qué te pasa? ¿Estás triste? – me dijo el niño – ¿ya no tenemos mamá allá?
Se puso a llorar desconsoladamente. Y me abracé fuerte. Traté de calmarme
- No, pará. Si tenemos mamá. Solo que yo, no la recuerdo cuando era tan chiquita. Igual que al papi. Todo esto para mi es nuevo. 
- Pero le hablabas como si ya no se lo pudieras decir.
- Es que cuando seas yo, o sea, cuando estés grande, hay muchas cosas que no vamos a decir.
- Y ¿por qué no? 
Sin respuestas, me abracé de nuevo y me sequé las lágrimas de niño. 
Fuimos abrazados hacia afuera y voltee por última vez, para ver el pibito de mi papá. 
Sentados en la maceta de cemento, que hay bajo la ventana al lado de la puerta, me dispuse a darme las instrucciones pertinentes.
- Te hice una lista de las cosas importantes que tenemos que hacer.
1- En tres meses, jugando con tu hermana, te vas a caer y se te va a romper el diente de adelante. Después de repararlo, no va a quedar nunca bien. Siempre rabiamos con eso. Ya no juegues a esas cosas.
2- No desarmes los juguetes, nunca inventamos nada, y muchos de ellos son coleccionables en el futuro. Ni si quiera deberías sacarlos de su empaque para que valgan más.
3- Dejá de leer libros de guerra, y mucho más los infantiles. Lo importante es que de chicos entendamos la dinámica de los negocios.
4- Cuando entres a la secundaria, pedí que te manden a una humanística. Te recibís un año antes. Otra de las ventajas es que solo vas de mañana.
5- Por las tardes, estudiemos inglés.
6- Los sábados, es muy importante, que hagamos un curso de computación.
7- No vayas a jugar al futbol, nos divertimos, pero un día en una pelota dividida nos cortamos la ceja y la cicatriz nos arruina la cara.
8- Argentina nunca ha vuelto a ganar un mundial, así que ver corea japón en la madrugada, para festejar a las 4am el primer partido es al pedo. Mucho más el de África, lo festejamos en Rivadavia con todos nuestros amigos del terciario, pero tampoco ganamos nada. No pierdas tiempo en eso, las personas enfocadas, esperan que sea el momento adecuado para el esparcimiento.
9- Abrí todas las redes sociales apenas aparezcan, es importante tener una gran comunidad.
10- No te pongas de novio de chico, eso te quita mucho tiempo. Te desvía de nuestro objetivo.
11- Al terminar la secundaria, no seas profesor. Tampoco podremos estudiar una ingeniería que es nuestro sueño. Tenemos que estudiar una carrera diferente, algo así como medicina, abogacía o algo más.
12- No salgas a bailar tantas veces, lo más importante es cuidar el cuerpo. Para el éxito es indispensable una buena imagen.
13- A los 21 años compramos nuestra primera moto, viajamos por la mitad de argentina durante los siguientes 8 años. Es una perdida de tiempo, un día en un accidente la moto se hace mierda y la otra nos la roban una noche de invierno. Mejor con esa plata compra cinco mil dólares. Y todos los meses mil más. Cuando el país explote 10 años después, seremos millonarios con cien mil dólares. Con eso compraremos tres casas. Los recuerdos de los viajes no valen nada.
Si no me haces caso, corremos peligro de que junto a uno de los amigos de tu vida, una noche sentados con los pies colgando al Paraná, un buque que pasa por el río pueda hacerlos pensar en lo pequeños que son. Eso tarde o temprano los va a llevar a asentar cabeza, volverás los 2.500km con un anillo de compromiso y una ilusión en el mismo bolsillo.
14- Cuando a los 23 años tu mejor amiga te diga, “vení, vamos juntos al cumpleaños de la Vane” no vayas. Cuando llegues a su casa, ella va a estar saliendo en su auto con una visita inesperada. Al bajar la ventanilla, vas a hacer contacto visual con la otra chica. Si la ves esa noche, no vas a alejarte nunca más, será el amor de tu vida. Eso puede alterar los planes.
15- No te cases a los 29. No entres en moto junto a ella al salón. No hagas la mejor fiesta de tu vida junto a todos tus amigos. No bailes con la banda de Rock. No termines la noche con tus amigos, tomando del pico una cerveza en la plaza. Los trajes y el vestido de novia llaman la atención de todos los transeúntes, eso podría darte una mala imagen.
16- No te vayas de vacaciones todos los años, es lindo, pero debemos esperar el momento adecuado para hacerlo.
17- No viajes con amigos, la ingesta de alcohol, las noches de fiesta, las guitarreadas en las plazas alrededor de una fogata, los intentos de robar los monos de un circo en medio de un apagón, los burros que comen chorizos, los Harlem Shake en la habitación de un hotel a las 5 am todos borrachos, no son aconsejables para un hombre de negocios.
Estaba a punto de seguir con los casos enumerados, pero mientras hablaba sentado en el piso, mi yo pequeño se paró frente de mí.
- ¿Todo eso querés que haga?
- Si, justo eso es lo que necesitamos para ser felices.
- Bueno, está bien, pero ahora acércate. Y poné la boca así – hizo una hueca como si estirara los labios para darme un besito.
Me agaché, estiré los labios y lo vi acercarse con ternura. Pensé que querría agradecerme, pero Tomó ventaja, torció el torso y sacando una mano desde atrás vi venir la piña directo a la cara. Lo único que atiné fue a cerrar los ojos.
Pafff, se sintió el golpe, escuché como me crujió la carretilla.
 Mientras caía, escuché en mi cabeza miles de sonrisas, el sabor de los besos, el calor de los abrazos, las risas de los amigos, la adrenalina de las aventuras, el miedo a lo inesperado. El corazón se hinchaba en mi pecho.
Cuando la cabeza rebotó en el piso, escuché mi vos infantil.
- No cambies nada, ya somos felices. Tenemos todo lo que alguna vez soñamos.
En el segundo rebote contra el suelo, me desperté de golpe en la reposera. Cuando abrí los ojos la estela de la estrella fugaz no había terminado de desvanecerse. 
Fue una fracción de segundo, que espero, me dure el resto de mi vida…

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