La Venganza



 La Venganza

Pablo era un tipo sencillo, no le gustaban las emociones fuertes, ni tampoco la rutina. Normalmente, no le gustaba tener muchas novedades en su vida. Casi podríamos decir que Pablo es un tipo como todos, pero guarda adentro suyo un secreto, sabe que Lucía lo engaña.

Hace tiempo, encontró una conversación de WhatsApp.

- Hola ¿a la misma hora de siempre? – preguntaba ella

- ¿Pablo ya se fue? – le contestaba su concuñado, el marido de la hermana de Pablo – si estás sola, encontrémonos más temprano, tenemos que hacer muchas cositas.

- Jajaja si, ya me parece mucho esto. Pero sos el mejor, mientras más cosas hagamos mejor es. Pablo se lo merece jajajaja

Hace algunas semana que venían con problemas, habían discutido varias veces. A Pablo le daban muchos celos que Lucía estuviera tanto tiempo hablando con su concuñado los domingos en el almuerzo familiar. Sobre todo, porque Víctor desde que esta con la hermana de Pablo era su mejor amigo. Lo llevo al equipo de futbol, lo invitó a asados cuando no tenía amigos y muchas otras cosas. Pero ahora Víctor y Lucía tenían mucho apego y eso le molestaba. Para peor, Víctor le esquiva la conversación hace ya muchos días.

Había pensado en interrumpirlos en un Domingo, delante de toda la familia. Para desenmascarar aquello que era ya tan evidente, pero que nadie parecía ver. Sin embargo, él no tiene las agallas. El miedo de que lo miren a la cara y le digan que tiene razón, que no puede hacer nada, o lo que es peor, que todos se le rieran porque ya lo sabían, lo paraliza. 

Cuando los veía, no podía moverse siquiera. Tenía tanta bronca que la última vez, llegó a pensar en tomar el atizador de la churrasquera y hacer justicia. Pero no podía, tenía a su hijo en brazos. El hijo de Pablo es lo que él más quiere en el mundo. 

Dejó pasar el Domingo y no dijo nada. Después de todo el jueves es su cumpleaños, y no está bien separarse para ese día. Mejor el fin de semana siguiente.

El lunes trato de hablar con Víctor, quizás podría arreglar las cosas, “todo puede ser un mal entendido” pensó. Pero después de escribirle y que no le contestara, decidió llamarlo, pero le corto el teléfono tres veces.

Ya mal pensado, llamó desde el estacionamiento del trabajo a Lucía, pero esta no contestó las primeras dos veces recién en la tercera atendió, para su gusto muy nerviosa. Cuando le dijo que lo habían dejado salir temprano de la empresa, ella trató de demorar su llegada pidiendo que pasara por pan, verduras y un montón de cosas. Claro que se fue directo a casa y sin frenar en ningún lado.

Vivian en un barrio que quedaba en la intersección de dos rutas. Había un semáforo adelante, cuando este diera verde, doblaría a la derecha, tres cuadras hacia el sur y estaba su esposa seguramente siéndole infiel. Lo que más le molestaba, era que su hijito de cinco años estaría en casa presenciando todo, los lunes no tiene futbol y se quedaba con su mamá toda la tarde.

Dobló y le pareció ver un auto que salía por el semáforo que quedaba en la salida opuesta de la calle, está seguro de que es el de Víctor.

Enfureció, pero en casa no encontró nada que delatara lo que había pasado. Entonces le dijo a su esposa

- ¿Sabes que me pareció ver el auto de mi cuñado?

- ¿sí? ¿A dónde? – le preguntó sin mirarlo, mientras ordenaba los almohadones que supuestamente el niño había tirado.

- Si, acá en el barrio. Por la otra punta de la calle, no lo vi bien, pero creo que era él.

- ¿Trajiste las verduras?

- No, me olvidé. – la miró con asco y se fue a ver el niño a la pieza

- Bueno, voy yo. – se ató el pelo y salió a la calle.

El martes no hubo novedades, pero el miércoles decidió volver a llamar a Víctor y este le corto de nuevo. Esa noche en casa estuvo a punto de cuestionar a Lucía, pero su pequeño hijo le pidió que se sentaran en el sillón a ver una película. Pensó en que no debería estar el niño para tener semejante discusión. Así es que tampoco pasó nada el miércoles.

El jueves, se levantó indignado, no había podido dormir en toda la noche de la bronca que tenía. Como estaba solo, porque Lucía llevaba temprano al niño a la escuela, pensó que podría hacer tranquilo un berrinche. Puteó en voz alta, golpeo las puertas y se bañó con bronca.

Cuando salía de la pieza, le dio un golpe a la tecla de la luz, y esta se descolgó. Quedó con los cables expuestos. Fue a buscar un destornillador en la caja de herramientas, se sentía un boludo por tener que estar arreglando lo que rompió en un berrinche.

Estaba a punto de meter el tornillo en su lugar cuando se le ocurrió. Si dejaba la luz apagada, Lucía estiraría la mano en la oscuridad y sin saberlo metería los dedos entre los cables y zas. Podía solucionar la terrible traición en el día de su cumpleaños.

No esta bien, pero tampoco tan mal, se dijo. Es la única manera que pague por lo que le hizo. Además de esa manera el puede conservar a su hijo, que es lo único que le importa.

Así lo hizo, se fue a trabajar con mucha ansiedad.

Sus compañeros lo felicitaron y le hicieron algunos chistes, pero él no se reía. Estaba expectante del teléfono. Sus padres viven al lado, serían los primeros en saberlo si es que algo pasaba.

En 40 minutos, mientras transpiraba por los nervios, el teléfono sonó. Era su mamá, estaba por atender, pero se puso a pensar que quizás lo llamaba solo para decirle feliz cumpleaños. Entonces no atendió, su mamá no es muy carismática, si es para saludarlo solo llamaría una vez.

Espero a que la llamada se corte y con desesperación, lo escuchó sonar de nuevo en su bolsillo. Se les dibujaba en la cara una sonrisa, de esas que uno pone cuando recibe para su cumpleaños el regalo soñado. Pero no atendió, por si las dudas. Si su mamá llamaba tres veces, entonces sería una emergencia sin duda alguna.

Después de un breve silencio, entró una nueva llamada. Buscó estar cerca de un compañero para atender. Si alguien escuchaba todo, sería más fácil explicar por qué se iba temprano del trabajo.

En el altavoz su mamá lloraba

- Nene vení urgente, pasó algo.

- Hola ¿mamá? ¿qué pasó? ¿Están todos bien? – estaba orgulloso de su actuación.

- Vení, vení rápido. Te cuento acá, apurate

- Si mamá ahí voy.

Miró al de al lado y con los ojos llorosos le dijo “avisá por favor, me tengo que ir” 

Salió casi sin aguantar la emoción, manejó escuchando la música a todo volumen, los 20 kilómetros que había de un lugar al otro. Pensó que todo sería genial desde ahora. Podría salir con otras mujeres, tener más tiempo para él y su hijo. Quizás una nueva mamá para su retoño, una que sea más buena, que no fuera capaz de tanta maldad. Era el mejor cumpleaños de su vida.

Dobló en el semáforo y bajó la música, se miró en el espejo y practicó su mejor cara de desesperación, pero lo traicionaba la felicidad y se le escapaba una sonrisa en la comisura de los labios. Se puso nervioso cuando vio la ambulancia en la vereda.

Había mucha gente en la calle, y entre ellos estaba Víctor, muy cambiadito para ser un simple jueves. Le esquivó el abrazo y lo miró con una mirada soberbia, que evidentemente este no entendió, lo supo por el gesto en su rostro.

Pasó entre la gente recibiendo el pésame de todos. Cuando entró lo primero que vio a fue a Lucía sentada.

Se quedó perplejo, no entendía nada. Esta cuando lo vio se levantó y corriendo se le colgó del cuello gritando de dolor.

Alguien le pidió permiso, cuando giró encontró unos enfermeros que llevaban una pequeña bolsa negra. Lucía le agarró la cara y le dijo

- Estaba muy emocionado por la fiesta sorpresa que te armamos con Víctor, no se quiso quedar en la escuela. Él solo quería ayudar y fue a la pieza a buscar en tu cajón las tijeras…

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Terror en la Montaña

Nahuelito y la mentira de papá

Lluvia y temblores