La muerte de la Rubia
Yo sabía que algún día tendría un hijo, siempre lo supe.
A los 20 años tuve un sueño bastante humilde, quería trabajar para tener mi casa, mi auto y una familia. A los veintiuno comencé tímidamente lo que después sería mi casa, a los veintitrés conocí la que seis años después sería mi esposa, y a un año de la boda ya era papá. Como sentía que le faltaba algo al combo, decidí agrandar el menú de mediano a familiar con el nacimiento de mi hija poco después de haber cumplido treinta y tres. Entonces me quedé un poco como bola sin manija. Resulta que aquello que había soñado, se cumplió casi casi de modo perfecto y entonces creí que ya podía dejar que las cosas siguieran su curso sin preocuparme demasiado.
Cuando los niños son chicos, los papás miramos de reojo el futuro. Lo miramos y tenemos la misma sensación que da la escena de la película donde el asesino está detrás de la adolescente rubia y pechugona que habla por teléfono. Sabemos que va a ser un desastre, corridas, gritos, sangre y todo lo demás, y aunque sepamos, eso tiene que pasar como en todas las películas. Queremos pensar que esta vez ella se va a dar vuelta y lo va a matar a telefonazos, pero eso no pasa, ni pasará nunca, al igual que como papás queremos que el final de nuestra película sea diferente, pero eso tampoco va a pasar, los hijos indefectiblemente crecerán y se van a ir mientras nosotros nos marchitaremos.
Un día cuando son chiquitos quieren estar todo el tiempo con nosotros y nos limitamos a decirles lo ocupado que estamos, aunque solo miremos televisión o estemos revisando Facebook. Al día siguiente empiezan la escuela, por primera vez nos cambian por sus nuevos amiguitos, aunque relajados seguimos siendo una especie de superhéroe lejano, todavía tienen la necesidad de venir a nosotros en busca de ayuda. Al rato, ya son adolescentes y buscan desesperadamente un grupo de amigos o un amor en donde refugiarse de nosotros, que ahora somos su enemigo. Por la tarde de ese mismo día entran a madurar y entonces somos una especie de estorbo insípido que deben dejar atrás. Es justo ahí que se van a ir y nosotros pediremos por ellos como ellos lo hicieron por nosotros al principio, entonces nos dirán lo ocupados que están aunque miren televisión o revisen Facebook. En el ocaso de todo, si tenemos suerte, serán padres y volverán cada tanto para decirnos indirectamente que ahora si nos entienden y nos abrazaran para Navidad.
La verdad que así como la muerte de la rubia, todo eso tiene que pasar, y va a pasar lo queramos o no. Pero al decir verdad, prefiero mirar de reojo el futuro y no amargarme antes de tiempo.
El problema es que hay otro tipo de películas cliché, en algunas a la rubia la matan en la tercera escena y después durante noventa minutos vemos como el novio o el padre sufren o quieren vengarla. Esta es la película que me tocó a mí.
Cuando tenia dos años y medio, mi hijo se presentó en casa y me dijo “¿por qué yo estoy tan sólito en la vida? Todos tienen hermanos y yo no tengo a nadie" supe que era raro tal planteo, pero como me ayudó a convencer a mi esposa de que era hora de otro hijo me pareció algo simpático.
Lo que yo no sabía para entonces, es que mi hijo también preparaba un ataque sorpresa para mí. La rubia estaba por morir antes de la tercera escena.
Yo había llegado de trabajar, era abril de dos mil veintiuno y atravesábamos la segunda ola de Covid-19 en la Argentina. Como él ya había terminado de comer cuando yo empezaba, estaba jugando por ahí, me serví el primer plato y cuando cortaba con la mano un pedazo de pan para empujar las lentejas , me sentí como una rubia pechugona que en la ducha gira la perilla del agua caliente. Vi de reojo que venía de la pieza mi hijo de cinco años, traía en la mano un muñeco que bien podría ser el cuchillo del asesino y corrió la cortina del baño de la ducha diciendo “papá te puedo hacer una pregunta", seguro puse la misma cara de susto que la adolescente, tratando de atajarme inútilmente, lo miré y asentí con la cabeza. El cuchillo se alzó y soltó un golpe “cuando yo sea grande me puedo ir a vivir a España" mal trecho y herido me defendí “¿para qué te queres ir" el seguía atacando sin piedad “porque allá tienen cosas que acá no hay, y yo quiero irme para allá” la rubia resbala en la ducha y agarra un frasco de vidrio para defenderse, entonces dije “si, pero vas a tener que ir vos sólito ¿sabes?” estaba seguro que eso ganaría la lucha y viviríamos para convertir esto en una película donde la escena de terror pasa dentro de muchos años. El asesino se tambalea “¿Vos no vas a venir conmigo papá?” la rubia se levanta y trata de escapar “no negrito, yo no puedo irme de acá? Pero él, la agarra del tobillo cuando ella piensa que ya está a salvo, la tira al suelo y se monta sobre ella “pero… ¿me vas a venir a visitar” la rubia siente que el filo del Tramontina le atraviesa el corazón, “si, creo que alguna vez te voy a ir a visitar" con las dos manos el tipo empuja y acaba sin piedad con la chica “a bueno entonces si me voy" se dio vuelta y salió caminando sin mirar atrás. Mi tranquilidad de los primeros años familiares se escurre de mis dedos, como la sangre de la rubia y se van por la cloaca en primer plano. Ahora sé que está película de terror es de las segundas, como las de Liam Nilson, donde el trata como loco de rescatar algo que le han quitado en la tercer escena.

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