La consecuencia de la decisión
Ella nació mucho antes de ver la luz, nació inclusive años antes de ser concebida.
Para ser exactos 7 años antes, cuando nos conocimos con Florencia.
Para ser cronológicos les cuento que a Florencia la conocí cuando tenía veinticinco años, fue casi sin querer y sin darme cuenta, como pasan todas las cosas importantes en la vida.
Llevaba tres relaciones fallidas y había decidido en los últimos seis meses disfrutar de la soltería, claro que basta con estar cansado de buscar para decir “ya no quiero esto” y entonces la vida te lo pone en un plato justo enfrente.
Estábamos en la casa de un amigo, invitados por separado y medio de rebote los dos. Como ambos íbamos acompañando amigos, éramos poco menos que unos colados indirectos.
Antes de comer ya me sentía incómodo por no conocer a nadie, así que pensé en salir a la vereda con la escusa de ir a hablar por teléfono, en realidad era menos incómodo estar solo afuera.
Apenas puse un pie en la vereda me encontré una chica sola, apoyada en el guardabarros de una camioneta, fumando uno de esos cigarros finitos que venían antes. Me impactó su falda bien acompañada por medias de lycra negras, botitas charoladas negras también y una camisa blanca con un sutil escote, de esos que llaman la atención pero en sí mismos no dejan ver nada, lo que más me gustó fueron sus ojos chinos, negros acompañados por un pelo largo llenos de ondulaciones.
Un poco apenado por no poder escapar d esa gente, disimule mi sorpresa y la saludé con un ademán y casi sin que se escuchara mi voz.
Me paré en el cordón de la vereda y mire para ambos lados, como no conocía el barrio le pregunté a la chica si sabía dónde había kiosco, no quería nada pero tenía que disimular.
- Me llamo Florencia – contesto sacudiendo la ceniza del cigarro y girando la cabeza de lado para mirarme por encima del hombro y entre los rulos
- Hola, perdón. Me llamo Hernán – vacile un poco
- No queres un kiosco ¿verdad?
- Si, salí precisamente a busca uno, no sabía que vos estabas acá. Te lo juro.
- Ya sé que no saliste por mí, saliste para escaparte, porque tu amigo no te da bola y no conoces a nadie.
- Si… - me reí un poco y asentí con la cabeza.
Me había despertado mucho interés su observación, parecía una chica muy perspicaz. Charlamos un poco y me enteré ella estaba pasando por lo mismo, acompaño a una amiga que se encontró con el chongo y la dejó de cara, aburrida salió a fumar.
- Te juro que hace rato estoy pensando en que me iría a la mierda a mi casa, pero estoy muerta de hambre y en casa no hay nada, me da flojera pedir delibery.
- Si te entiendo, yo vine en el auto de mi amigo, si me vuelvo tengo que patear un montón desde donde me deja el bondi.
- Che, espérame un toque – tiro la colilla al piso y se metió corriendo a la casa sosteniéndose la falda para que no se levantara con los saltitos que daba con los tacos.
Me apoyé en la camioneta donde ella estaba hacia un segundo y note que me dolían sutilmente las mejillas, había estado sonriendo los diez minutos que había durado el encuentro, tuve miedo de estar quedando como un boludo y me propuse ponerme serio. Pero cuando la vi salir con dos latas de cerveza, como escapándose para que nadie la viera, se me escapa de toda intención la sonrisa y las palpitaciones que gracias a Dios ella no puede percibir.
Me dio una lata y se sentó lo más sutil que pudo en el cordón de la vereda, abrió la lata y tomó un trago tan largo que me vi en desventaja, así que procedí de la misma manera.
Toda la noche me hizo reír como nunca, y cuando yo le contaba alguna anécdota inclinaba su cabeza hacia atrás, abría la boca todo lo humanamente posible y daba carcajadas que seguro se escuchaban a tres cuadras.
En la cena nos sentamos juntos entre un montón de desconocidos invisibles, para él postre ya nos habíamos escapado al patio con una jarra de fernet que ella preparó y revolvió con su propio dedo. Entonados por el alcohol ya nos reíamos tanto que hacíamos papelones en casa ajena.
En una banca, entre un pino y un rosal envalentonado recogí una lágrima negra de rímel que se corría por la parte de afuera del ojo, una lágrima que se escapaba de tanto reírse. Ella medio que se sorprendió y haciendo montoncitos con la mano en señal de “¿Qué estas haciendo?” se quedó a medio sonreír cuando vio que yo ya no me reía, que estaba hipnotizado con su boca, con ese juego de perlas blancas que se abrían para dejar salir su risa que me embelesada. El silencio duró unos segundos y cuando ella no se alejó ante mí acercamiento, supe que tenía que besarla.
Fue ahí, justo ahí cuando todo mi cuerpo dijo que ella era quien cuando nació Jazmín, claro que el nombre tiene que ver con esa noche, años después volvimos por casualidad al lugar y notamos que el supuesto rosal no era tal, el alcohol a veces borra o distorsiona algunos detalles.
El noviazgo duro cinco años, no siempre fue color de rosa, inclusive puedo decir que se pinto de colores oscuros varias veces, y durante mucho tiempo.
En una de esas épocas donde todo está medio raro y uno piensa que tiene que hacer algo o puede perderle todo, le propuse casamiento, accedió sin dudarlo y ahí todo cambió.
El primer tiempo no hacíamos más que trabajar, pero siempre nuestro tema de conversación había sido tener hijos, desde la segunda o tercera cita dábamos vueltas en eso.
Y no dudamos en hacer realidad nuestro sueño. Tuvimos suerte y tres semanas el test dio positivo.
Jazmín y Florencia fueron una desde la panza, yo duda a veces de que sentir tanto amor fuera sano, no podía pensar más que en ellas dos. Dejé mucho de mi trabajo y renuncie a muchas oportunidades, solo quería estar en casa con ellas.
A veces tenía miedo, de que en un futuro me vaya a lamentar por estar dejando pasar buenas oportunidades, pero es que la última vez que viaje a Buenos Aires, mirando Puerto Maderos desde el balcón de la habitación, no pude hilar una sola idea donde ellas no fueran parte. En el aeropuerto solo hablaba con Flor, le pedía foto tras foto de Jazmín y entonces supe que donde ellas estuvieran era el lugar donde yo tenia que estar también.
Recordé por aquellos años lo que le pasó a un jefe, cuando yo era joven y novato en el trabajo. Hablábamos de u viaje que yo tenía que hacer
- Oscar ¿siempre tuvieron que viajar tanto? – indagaba yo por estar viendo que esto sería rutina
- Si, y antes era peor – la cara triste y desgano no la disimulaba
- ¿En su casa no lo joden con 3so de no estar nunca?
- Mira – hizo una pausa y encendió un cigarrillo, exhalo largo mirando el piso como buscando las palabras – hace unos años cuando la Lucecita – así le decía a su hija Luciana – era chiquita u domingo la veo que se arrima hasta el televisor, se agarra de mueble y cuando se levanta empieza a caminar como si nada. Le pegue el grito a mi señora todo emocionado, imagínate los primeros pasos de mi bebé, vino mi señora y me miró con cara de orto “Oscar, hace tres semanas que caminó tu hija”
No siguió la conversación, los dos nos quedamos en silencio sin que ninguno encontrara la manera de salir de la incomodidad.
Oscar cayó en una depresión muy seria años después y el alcohol se volvió una enfermedad, lo internaron y luego salió y volvió a recaer. Al años siguiente por una disputa pidió el retiro voluntario. En la cena de fin de año, cuando se agasaja a los jubilados lo vi depresivo, arrepentido, solo y la empresa solo le entregó un pergamino. Un pergamino después de 35 años de servicio, y cuando le pasaron el micrófono fue él quien le agradeció a ellos por esos 35 años.
Siempre pensé que los tenían que decir gracias por entregar su vida, por perderse de vivir su propia familia por la empresa, pero eso es a parte.
A los seis meses, murió, depresivo, solo, con una botella de alcohol bajo el brazo. Y yo no quería cometer ese error, cuando lo vi en el cajón y no pude reconocerlo por cómo lo había devorado la mala vida durante esos meses, pensé en que tampoco me reconocería yo a mi mismo si eso me pasara. Entonces sentencie que era lo que quería y eso era Florencia y Jazmín
Los años fueron dulces y pasaron muy aprisa como pasa con los mejores momentos.
Económicamente estábamos bien, vacacionábamos siempre, le dimos a Florencia lo mejor, desde la ropa hasta la escuela, para ella siempre lo mejor y todo nuestro tiempo posible.
Todo tenia que salir bien, esto no tendría que haber pasado.
Un día en una clase de gimnasia mi bebé se desmayó, la escuela llamó a la ambulancia y la llevaron al hospital. Diagnosticaron problemas en su corazoncito, había que hacer un trasplante.
Quedamos destruidos, no había nada que pudiéramos hacer, solo esperar.
Los primeros meses estuvimos en casa con algunos cuidados, pero en poco tiempo necesito asistencia permanente y hubo que internarla. Los médicos la pusieron en lista de urgencia a la espera de un corazón.
Pasaron dos meses más, vivimos aquí en la clínica, yo con barba y el pelo sucio, los rulos de Florencia no asoman hace semanas, lleva el pelo recogido para no tener que lavarlo seguido, eso implicaría tener que ir a casa y alejarse del cuarto de terapia intensiva donde esta Jazmín hace diez días.
Ayer fue que me convertí en un ser despreciable, hace algunas horas, todavía puedo sentir el remordimiento en la boca del estómago.
Un enfermero que he conocido acá me mandó un mensaje y me aviso. Corrí por los pasillos seguido por un enfermera que insistía en que no podía pasar por ahí.
Corrí tan rápido como pude, como si todo dependiera de que tan a prisa yo pudiera llegar, no me importó nada.
Antes de entrar a urgencias miré por el ojo de buey de la puerta y vi en medio de un congestionamiento de guardapolvos blancos como detenían a u hombre mientras revisaban a un chico.
El corazón me palpitaba s toda velocidad y cuando el médico que estaba con él niño se bajó el estetoscopio y bajó la vista, el padre exploto en gritos de dolor y yo perdí mi alma.
Dios no podrá obviar mi falta de empatía, mi egoísmo, pero no fue voluntario pido perdón todos los días por eso, cada vez que me despierto. Pero es que yo sabía que probablemente ese niño podría ser el donante de Jazmín. Si ese niño vivía mi hija no lo haría, solo había oportunidad para uno de los dos.
Entre en el cuarto empujando lentamente y me quedé perplejo ante la imagen, nadie podía obviar el dolor en ese hombre. Abrazaba al niño con una fuerza y amor descomunal.
Un médico me miró y con sutileza susurró en mi oído
- El chico es donante, el padre manifestó que firmará los permisos. Espere afuera por favor.
Me sentí tan bien y tan mal, que solo me quede mirándolo, dos padres, uno muriendo y el otro despertando de un letargo terrible. Sin saber, sin decirnos nada, nuestro dolor rompió con todo uso de la razón y supimos entendernos sin decir una palabra. Nos abrazamos y lloramos juntos en medio de un sala de emergencia, solos sin que nadie pueda entendernos en este mundo.
Pasaron ya cuatro años desde aquel día y cada vez que Jazmín aparece corriendo de la pieza, solo puedo recordar aquello y pedirle perdón al cielo al tiempo que solo me sale por los labios un gracias profundo.
conmovedora y bien narrada, saludos
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