Almohada de plumas

 


Una almohada de plumas.

En la sala de espera del hospital se ven muchas cosas, la desgracia sobrevuela un ambiente denso, y todos hablamos bajito, como si no quisiéramos despertar a la muerte que reposa en las sombras.

Esa noche estaba sentado sin mucho que hacer, mirando un punto fijo en el techo. Una mujer pasa frente a mí, la veo con el rabillo del ojo, pero no presto atención. Segundos más tarde, un llanto explota de improvisto, la mujer abraza a otra que sale del pasillo de terapia intensiva. Sollozan, se abrazan, y escapan de la escena gritos de dolor.

La mujer que acaba de entrar trata de consolar a la desdichada, pero es inútil.

La mujer que llora, trae en las manos una bolsa de ropa, toallas, algunos bártulos de cocina y una almohada. Cuando el dolor vence sus piernas, se deja caer de bruces, todo se desparrama por la sala de espera frente a la vista atónita de los espectadores que vemos sin disimulo. Las cosas ruedan y esparcen dolor a su paso, la mujer se derrumba, solo sujeta con fuerza la almohada, la huele, hunde la cara y grita dentro de ella.

Se me encrespa la piel, siento su dolor, tengo miedo de que me salpique la suerte y desvío la mirada.

Después de un instante, entra un hombre que se apresura a juntar todo, las toallas, los elementos de cocina y la miseria de la mujer que no suelta su almohada mientras la ayudan a salir.

Pienso por última vez en ella, la imagino llegando a su casa que va a estar más vacía de lo normal, imagino que se tomará un calmante, imagino que cuando esté a punto de dormirse, alguien la llevará a la cama, que instantes después estará sola, imagino el terrible momento en que se dará cuenta, de que las almohadas de plumas no abrazan por las noches…


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