Una noche en el Bar


Una noche en el Bar

Estaba en la barra a eso de las nueve de la noche y cómo es hora pico, el lugar estaba abarrotado de gente, más los jueves. Pero de igual manera me llamo la atención el tipo, era más bien gordo, imagino que jubilado, usaba un bigote tupido.

Uno ya tiene sus vicios adquiridos después de tantos años, supe de inmediato que detrás de esos ojos negros y brillantes había una buena historia, pero hay que dejar que la cosa suceda a su tiempo.

Hicimos contacto visual y me levantó la mano llamandomé, aunque había otras personas esperando sus tragos, le di prioridad.

Le serví un wiscola, bien cargado como pidió, me agradeció pestañeando con ambos ojos y un insonoro gracias.

Toda la noche se pasó el tipo mirando el vaso, donde los hielos habían desaparecido hacía ya un par de horas. Me limité a limpiar y servir la barra, sin decirle nada, sin molestarlo, sin hacer preguntas. A eso de las dos de la maña, cuando los mozos empezaban a subir las sillas a las mesas para limpiar los pisos, me acerqué

-        ¿Qué pasó viejo? ¿no te gustó el trago?

-        ¿Cómo? Perdón – parecía que lo había arrancado de golpe de un sueño de esos que a uno lo atrapan.

-        Que si no te gustó el trago te preguntaba

-        No sé, no lo he probado – al girar pude ver que tenía los ojos destrozados.

-        ¿cómo? ¿No lo vas a probar? Y ¿para qué lo pediste?

-        Porque estoy festejando, justo hoy, hace 35 años que me tomé mi último trago, y fue precisamente un wiscola, en un bar que estaba frente a un juzgado en buenos aires – la voz del tipo se volvió profunda, seca, contenida. Le hice seña a los muchachos que se fueran y cuando apagaron las luces al salir, quedamos los dos solos, en la penumbra de un solo foco, sentados en la barra, en un mundo oscuro donde solo el tipo y su historia se empezaban a desenvolver sobre la barra de una bar cualquiera, en lugar cualquiera, una noche como otras.

Lo que pasa es que hace treinta y cinco años yo tuve dos hijos, mellizos. Mi trabajo me obligo a vivir en distintos lugares y casualmente por aquellos años estábamos en capital federal. No conocíamos mucho del lugar, asique cuando mi señora empezó con trabajo de parto, el taxista eligió el hospital más cercano y punto, no hubo muchas opciones.

El más grande nació sin problemas, pero al más chico tardaron mucho en sacarlo, salió moradito, eso le trajo algunos problemas y necesito hacer algunos tratamientos.

Como soy un tipo que no conoce muchas cosas, no sabía lo que hacían los médicos, yo solo lo llevaba y ellos a los suyo.

Se deja entre ver que algo en la historia lo perturba, empieza a hacer ademanes y a buscar en mí alguna especie de aprobación, de entendimiento, casi parece pedirme perdón a mí.

Si yo hubiese sabido, más vale que hubiera echo las cosas diferentes, pero uno no puede imaginarse estas cosas – cuando se le empiezan a llenar los ojos de lágrimas, respira profundo, y tuerce la historia para evitar que los ojos se rebalsen frente a mi  o sobre el vaso que no suelta ni bebe – en fin, según deslizó un enfermera, un médico se equivocó, le puso al niño una inyección que no era, y mi bebe empezó a tener los ojitos cada día mas translucidos, ya no me seguía con la mirada. Un día mi señora me llama llorando, los tenía a los dos en una manta en el balcón, el más chiquito se había quedado mirando al sol. No le molestaba la luz, no le hacía encoger la vista ni nada, pasé la mano frente a él, y nada. Lo abracé y me puse a llorar, nadie me lo dijo, pero yo lo supe, se me había quedado ciego.

Fue un golpe terrible, me desarmé, lo llevamos a todos lados y nada. Absolutamente nada.

La vista del tipo no sale del vaso, esconde un tristeza que no cabe en el bar.

Ahí se pudrió todo, se me bloqueó la cabeza. Empecé a tomar, mucho, mucho más de lo que alguien debería tomar en su vida. mi mujer, destruida como yo, simplemente se aferró a su dolor y a los niños. Yo solo descendía al infierno tan rápido como me era posible.

En algo que no puedo explicar, el dolor que me daba que mi hijo quedara ciego, me alejaba de ellos, no podía aceptarlo. Vos no sabes lo horrible que es – me mira increpante, como si me prohibiera de antemano que vaya a juzgarlo, solo me apoyé sobre la barra y lo invite con la mirada a seguir – el asunto es que me alejaba de ellos todo el tiempo, peleábamos con mi señora, no quería quedarme con los niños, solo quería salir de mi casa y después de trabajar, tomar hasta que fuera hora de trabajar de nuevo. Es como si estar con ellos me hiciera pelota a cada segundo.

Yo sabía que lo que hacía estaba mal, y actuar de esa manera me ponía todavía peor, no tenía salvación, así que decidí que ya no iba a seguir. Mi esposa me encontró sentado en la cocina, a las tres de la mañana con un botella a la mitad y llenando el cargador.

Te imaginarás el escándalo. Cuando llevaba gritando una media hora, se calló de golpe, << si va a ser así, entonces que así sea dijo >> cerró el tambor de la pistola y se lo puso en la boca. Yo no te puedo explicar pibe, desde la punta de las uñas de los pies, hasta el último pelo de la cabeza, se me congeló todo, me invadió una furia terrible y se lo saqué con un solo movimiento << tenés dos hijos >> grité, no sé en qué momento me devolvió un cachetazo que me dejó aturdido << vos también tenés dos hijos ¿sabés? Vos también >> lo grito tan fuerte que todavía me resuena en la cabeza.

Me sacó a empujones y cerró la puerta. Esa noche, este vasito me sirvió de cama, de hogar, de infierno. Me desperté en un bar como este, pero destruido, con la sensación de que la realidad probablemente era parte de la resaca.

Como pude fui hasta al departamento, no había nadie, solo un papel con una dirección y un horario, más abajo decía “no te olvides los documentos”

Ni me cambié, ya era tarde. Me tomé el subte y llegué corriendo, creía que mi familia estaba ahí. Qué se yo, había que hacer un trámite o algo pensé.

En una sala de espera, me acerqué a la recepcionista, cuando le dije mi apellido me miró fijo, levantó el teléfono sin pronunciar palabra << Doctor, el señor Olmedo ha llegado>> pasé por la puerta marrón, dijo mientras me miraba casi con odio podría decirse.

Entré y había un escritorio, el tipo estaba de traje negro y dado vuelta en una de esas sillas que se giran, revisaba unas carpetas o algo.

-        Señor Olmedo sientesé por favor – me señalo una silla en el escritorio y ni siquiera se dio vuelta – como podrá intuir soy abogado.

Ahí me puse a mirar la pared donde había enmarcados un montón de títulos, todos con el mismo nombre. Parecía un alguien muy importante. Sin embargo, me hacía calentar que ni se molestara en mirarme, seguía con sus cosas como si nada.

-        Hace dieciocho años que estoy en esta profesión, me dedico a lo penal, a tipos como usted, que no merecen andar por ahí por miserables. Me dedico a meter presos a ladrones, asesinos, a todo el que pueda, y déjeme decirle que hago muy bien mi trabajo.

Yo ahí ya me había re calentado, ahí no más me quise levantar para irme al carajo, pero sin mirarme me señaló la silla y me pegó un grito << sentate ahí que todavía no terminé>> no me preguntés por qué, pero le hice caso, me quedé calladito, no dije ni mu. Y entonces, él siguió…

-        Yo no trabajó con esto, no hago divorcios – ahí se me heló todo- pero su señora insistió, y después de escuchar lo que esta pasando no pude decir que no.

Señor Olmedo, me costó mucho llegar a donde estoy, he pasado por muchas cosas, pero sabe que fue lo peor – ahí el tipo metió una pausa, y se giró en la silla despacio – lo peor señor Olmedo fue que mi papá no estuviera conmigo, que no me apoyara – cuando levanto la vista me di cuenta que el tipo era ciego, tenia los ojos transparentes y in gesto perdido al igual que mi hijo.

Sobre la barra del bar ya no quedaba espacio para que este viejo llorara más, me había lanzado una mirada que trazaba una línea recta sobre la que hacía equilibrio el presente y el pasado, el dolor y la culpa.

Con la vista perdida en el cielorraso siguió hablando << su hijo lo necesita, su familia lo necesita, dejesé de embromar. Si su esposa vuelve a venir porque usted no recapacita le aseguro que se va a arrepentir señor Olmedo y no voy a ser yo ni la justicia quien lo juzgue>>

Me fui con la cola entre las patas, era un trapo de piso. Cuando llego a la vereda estaba mi señora con el cochecito doble y los bolsos. Me quedé parado y ella se acercó << ¿me tomo un taxi a la estación, o nos tomamos un taxi al departamento?>>

En ese momento no pude más, agarré a mi hijo chiquito, me senté en la escalera de un edificio y cuando le corrí las mantitas de la cara vi que su mirada perdida no me encontraba, pero me sonreía. Él sabía que yo estaba ahí, lo abracé y me puse llorar como un condenado

El hombre esta vez parece un niño, lloraba con espasmos, con mocos que secaba con vergüenza, la cabeza perdida entre los brazos cruzados sobre la barra.

Serví un vaso de agua, lo puse sobre la barra con un suave golpecito, para que escuchara que había puesto algo. Interrumpido levantó la vista y después de mirar el vaso me miró sin entender. Yo estiré la mano, saqué el wiscola y le agregué hielo, con un ademan le invité a brindar. No entendió por qué lo hacíamos, pero igual levantó el vaso y se secó las lágrimas.

-        Salud amigo – le dije con un guiño.

-        ¿por qué brindamos?- Preguntó 

-        Lloró como un condenado ¿verdad?

-        Si señor - dijo volviendo a mirar el suelo.

-        ¿Sabe usted cuanto dura una cadena perpetua en Argentina? Dura exactamente treinta y cinco años mi amigo, justo los 35 años que hoy se cumplen desde aquel día… felicidades, es usted un hombre libre mi amigo

Sonrió con la comisura de los labios y mientras le temblaba la barbilla brindó conmigo, con los ojos llenos de esperanza, como alguien que ha cumplido una terrible condena.

 Historia verídica...

Comentarios

  1. Condenas que no son condenas...dolores que nunca terminan...conciencia que solo algunos adquieren...y el "ser humano" y la soledad reflejadas como en un espejo...

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  2. Me hizo llorar!! Muy emocionante

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  3. Me conmovió la historia!!!

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  4. Muy triste y muy lindo a la ves

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  5. Qué maravilla de historia me encanto..un final inesperado

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  6. Una historia muy conmovedora.

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  7. Conmovió hasta las lágrimas.

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  8. Sociedad reflejada en un espejo muy convincente Excelete relato.

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