Una Noche en el bar "Mesa 5"
Una noche en el bar.
Mesa 5
Siempre aparece temprano,
pelo suelto, ropa de salir, teléfono apretado entre las manos, se pinta poco,
con los vicios de quien no acostumbra a hacerlo a diario. La carta de
presentación es una sonrisa fingida que no engaña a nadie, seguido de un simple
“Hola amigo” estirando la última “o” mientras te abraza largo y fuerte.
No soy de abrazar mucho a la
gente, pero esta chica, la de la mesa 5, es un caso en particular.
Hace algunos años, perdió una
hija, una pequeñita en una operación que no terminó bien. Para colmo de males,
en lugar de ser este el final de una pelicula triste, era por el contrario una
de tantas cosas terribles por las que tendría que pasar en un corto tiempo.
La historia empieza hace
años, una noche cualquiera mientras cerraba el bar, cuando todos eramos otros,
se acercó y me contó que por fin tendrían turno para operar a su hija. Como
corresponde, trate de disipar sus miedos, de decirle que todo iba a estar bien,
que no había de qué preocuparse. Con un abrazo de otros tiempos, cerramos la
charla y lo siguiente que supe, es que todo había salido mal.
Al día siguiente, fui al
velatorio. Yo no sabía que esperar, nunca lo podría haber sospechado.
Al llegar el aire estaba
lleno de pesadez y de dolor, estoy seguro que la propia muerte debe destetar su
trabajo algunos días…
Vi a la chica de la mesa 5,
entre otras personas, se dignaba a recibir condolencias y responder con una
lágrima para cada quien. Al verme, atravesó la habitación abarrotada y me
abrazó fuerte, en el oído escuché “dígame usted, expliquemé ¿por qué?” y antes
de que pudiera terminar la frase, se desmayó. Todo se alborotó, la enfermera que
nunca falta se hizo cargo y yo escapé cobardemente de la escena, pero como
castigo por ello, me llevé como condena la pregunta “¿por qué?” y la sensación
de deberle una respuesta.
A los tres meses y apareció
en el bar, en la mesa de siempre. Dejé la barra y con dos vasos y algo que
tomar me senté en su mesa. Sin abrazos, sin palabras, con miradas, con la
complicidad de dos personas que se conocen pero ya no son las mismas, con la
obligación de empezar de nuevo una charla que nadie quiere tener jamás.
-
Hola – suelto con la naturaleza más fingida que
tengo
-
Buenas noches – responde con gesto de apiadarse
de mí.
-
Tengo su respuesta, la he pensado mil veces, y
creo que ya la tengo.
-
¿si? – se sorprende, pero no veo que haya
esperanza en lo que pueda decir – le pido por favor que no vaya a decirme “los
caminos de Dios son misteriosos” o algo como “Dios sabe por qué hace las cosas”
o mucho menos “hay que confiar en Dios” porque la verdad señor, que si vuelven
a decirme que esto pasó por algo mejor, porque me esperan cosas buenas, le
aseguro que no hay nada que la suerte pueda ofrecerme que se acerque al abrazo
que ya no voy a volver a tener. Estoy muy enojada con ese señor – dijo mientras
señalaba hacia arriba, con determinación lo dijo, con enojo, con dolor, con
toda la razón del mundo.
Guardé unos segundos de silencio, más para tomar fuerza que
para respetar su dolor, y cuando creí que el nudo en la garganta ya no me
traicionaría, seguí…
-
Precisamente, es eso lo que iba a decirle. Creo
yo, que es usted la persona con más mala suerte en este mundo, creo que la
verdad lo que le ha sucedido, lo que le ha tocado, es terrible, pero es eso,
mala suerte.
Un poco se sorprendió, casi que pude ver entre la sorpresa
un gesto de desaprobación, pero igual continué
-
Es que usted debe pensarlo mejor, siempre ha
sido muy creyente y no creo sea hora de perder el camino que la ha traído hasta
aquí solo porque algunas personas no han sabido como consolar su dolor y
terminan diciendo cosas que no son reales.
Señora mía, permítame decirle que Dios, no
es todo aquello que nos habían prometido. Me gusta pensar en él más como una
persona que como una divinidad que todo lo puede.
Me explico. No creo que Dios haya puesto
esto en su camino a modo de una prueba que deba superar o como una cruz que
sabe que usted puede llevar ¿Qué clase de Dios tan cruel podría dar semejante
peso a uno de sus supuestos amados hijos? No señora, prefiero pensar que Dios
no posee tal poder, que la suerte lo supera, que espera lo mejor para nosotros,
pero arrojados a un mundo acechado por la suerte no puede protegernos y las
cosas nos pasan, que no ha sido intencional, que no es una prueba, que no hay
tanta maldad. Prefiero por el contrario pensar, que, como un padre, nos cuida y
guía hasta donde le es posible, pero que, en los azares de la vida, solo le
queda cobijarnos con un abrazo cálido cuando la vida decide azarosamente golpearnos
sin piedad.
De nuevo, con su permiso, permítame
resumir. Dios no ha puesto esto en su camino para nada, no es una prueba, ni
una cruz que deba soportar, eso ha sido mala suerte, y Dios simplemente es el
lugar donde deberá usted buscar cobijo, consuelo o lo que sea que su fe
necesite.
No lo culpe, jamás un padre que ama a sus
hijos le desearía mal semejante.
Terminé de hablar y al parecer había ocupado en mi discurso
todas las palabras que habían en la barra, porque nos quedamos callados,
mirando el piso, sin respirar para que no se fuera a dar cuenta el tiempo de
que estábamos en calma, para que ese minuto no terminara.
Desde entonces, no hemos agregado mucho más a la charla,
todos los años aparece con el teléfono entre las manos, con un labial nervioso
color rojo, que explica que todavía intenta seguir adelante.
Este año como siempre, la vi entrar, la saludé con el abrazo
de siempre, escuché su “Hola amigoooooo” le serví algo y dejamos que la noche
transcurriera con su rutina de siempre entre los que no saben la historia.
Cuando ya no quedaba gente, tomé dos vasos, le dije a los empleados que
salieran, que dejaran las persianas abiertas, apagué la música y bajo una foco
en una mesa para dos, en medio de una bar a oscuras, me senté con ella, un trago
para cada uno.
Sin brindar, me miró por entre los lentes y un mechón de
pelo negro que tapa a medias su ojo derecho.
-
¿Se cumple otro año? – pregunté
-
Si… - respira profundo – otro año.
Y después silencio, solo silencio durante el resto de la
noche.
Es que a veces, no hay palabras, no hay formas, no hay nada.
A veces no debemos querer a llenar los silencios, a veces hay que aprender a
vivir con ellos.

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