Segunda Oportunidad

 


Pablo y mariana eran una pareja hermosa, se habían conocido cuando eran jóvenes. Por aquel entonces estaban llenos de hormonas, salían mucho, tomaban alcohol, viajaban, iban a recitales, como buenos adolescentes vivían la vida bajo el lema “vive rápido, muere joven”.

Los años juntos no fueron en vano, habían comprado una casa, un auto, y tenían un negocio de fotografía artística que les había permitido hacer un mural en su casa, donde coleccionaban las fotos de todo lo que habían hecho alguna vez, a sus 38 años disfrutaban de una vida serena, llena de cenas con amigos, vinos los sábados con películas en la cama.

En parte, la vida parecía perfecta, quizás fue por eso que Mariana le mandaba mensajes a Pablo para que no se olvidara de pagar Internet ya que estrenaba temporada su serie favorita, sin mirar la calle por donde caminaba, o también puede ser que por la lluvia el chófer del 113 no vio que en la esquina de la avenida Córdoba, debajo de un paraguas rosa, una chica no miraba al cruzar. El colectivero reaccionó rápido y fue apenas un golpe, solo le tuvieron que poner 5 puntos en la nuca y casi no se le veía la herida después de 3 semanas de coma inducido.

No había abierto los ojos cuando empezó a percibir que desde lejos y cada vez más de cerca las voces de dos hombres hablaban

- Pero doctor, cuánto va demorar en despertar? – decía uno muy angustiado.

- En cualquier momento – lo calmaba el otro – queremos evaluar los daño, puede experimentar desde alguna parálisis hasta pérdida de memoria.

Se quedó helada, y de apoco abrió los ojos, encandilada noto una silueta que se asomaba a sus ojos.

Pablo, lloraba, le apretaba la mano, pero ella se quedó tiesa.

El médico le recomendó ir de a poco, que se lo tomarán con calma. Todos los días puede recordar un poco más, quizás ayuden fotos, videos, pero no se olviden que tiene que ser de a poco.

Pablo le mostraba, fotos de cuando eran jóvenes y Mariana se empezaba a mostrar más tranquila a los poco días.

Una mañana de domingo que revisaban juntos un álbum de fotos de un recital en la cancha de River, ella le pidió uno más reciente, y él le explicó que ya no hacían esas cosas. Fue la primera de muchas explicaciones parecidas, fue el principio del fin.

A los dos meses, Mariana solo se pasaba los días sentada en la vidriera del local mirando a las personas pasar, o en la casa mirando en Instagram gente que no conocían, pero que eran como ellos cuando jóvenes.

Pablo intento comprar mejores vinos, un tele más grande, invitar más amigos a casa, pero nada funcionó. A esta altura lo único que los unía era el tatuaje que ambos se hicieron el verano anterior “eres mi vida” decía, que los dos lo tenían en la muñeca y con letra cursiva.

Ese lunes, ella se baño primero, y el por costumbre fue a entrar en la pieza, había entreabierto la puerta cuando se acordó que ya no podía verla sin ropas a su esposa, pero sin maldad miró antes de cerrar y le llamó la atención ver que ella en ropa interior levantaba el buzo mostaza que escondía el sobre con dólares y los contaba en silencio, cerró sin decir nada, y tampoco lo dijo cuando ella se presentó llorando al negocio esa tarde para decirle que ya no podía más, para decirle que se iba, para pedirle perdón con el último beso que se dieron.

Ella abrió nuevas cuentas en redes sociales y no aceptó a nadie de los que conocía antes del accidente. Pablo nunca lo supo pero el primer posteo de @Mariana_libre fue “que me perdone mi vida, pero cuándo aperece una oportunidad de empezar de nuevo, la tenés que aprovechar” y debajo una foto tatuandose unas flores sobre la muñeca.


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